NEGRAS EN LA COLONIA

26 junio, 2010


L

La negra Francisca.

Me han acusado de bruja, y si es porque manejo hierbas y menjurgues con maestría, ¡pues sea! pero no pueden negar que ha sido mucho el sanao que yo he sacado a flote cuando se hundían al borde de la muerte. Ahora qué maleficios también he soplado, pero en buena fe, quiero decir que no a cualquiera le hace uno esos trabajos, sino al que se lo merece por su maldad y traición, por eso quien lo requiere tiene que hacer pruebas muy ciertas, porque la acción de los dioses, es efectiva. Y es por eso que me quieren apresar y prenderme candela, pues porque reconocen con miedo mis artes que no fallan.

Bueno, pero nadie pregunta qué quien me encargó el trabajo ¡si supieran! ¡Jesús Dios! porque fue nada menos que la Doña Joaquina Cabello, que muy descompuesta porque el marido se le sale pa el monte todas las noches, pallá donde vive la india Jacinta que lo tiene bien amarrao, porque ella también sabe de preparados buenos para fijar al hombre, pero la verdad es que mi guarapo surtió buen efecto, fue más poderoso, el hombre está tendido en la cama con fiebres hace más de un mes, y así ¿usté me dirá? ¿Qué puede hacer él con una hembra? Por eso me acusó, pero de la esposa no dijo ni pío.

Está visto que los hechizos se cumplen, y eso lo saben los amos, por eso nos llevan en sus expediciones para darles la suerte, y también para curarlos en sus males cuando caen enfermos con fríos y calenturas.


PARA CARLOS AUGUSTO AL PRIMER MES DE SU PARTIDA

¿Sólo así he de irme?

¿Cómo las flores que perecieron?

¿Nada quedará en mi nombre?

¿Nada de mi fama aquí en la tierra?

¡Al menos, flores, al menos cantos! (Cantos de HUETZINGO)


¡NO!

Nadie olvidará al jardinero fiel,



Qué transformó la tierra con follaje y aromas,


Nadie olvidará a quien esparció la música

Para llenar el espacio vacío

De cantos y melodías








Edith Piaff 


Nadie olvidará al desvelado maestro que se acercó al las almas juveniles para

enriquecer sus espíritus





Con la Promesa de publicar la “novela” en que invertistes tantas jornadas para ayudarme a su correción, he aquí su primera página.

 

LA COLMENA AZUL

 

Para Carlos Augusto,

El soñador irreductible

El compañero leal hasta el fin

 

 

ELEONORA GABALDON

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Reseña

Dice la autora, ya bastante adelantada la novela: “Estas son las memorias de una mujer sola que vive la aurora del año 2000 y está encallada en el siglo XIX”. En esta frase está la esencia de lo que este texto narrativo representa dentro dentro de la novelística de recuperación de la historia a través de la memoria individual y colectiva:  la realidad de la mujer venezolana de clase acomodada (casi desaparecida), que se debate entre su formación prejuiciada por una concepción religiosa anquilosada que habla de un Dios enjuiciador y castigador; su confrontación con un pensamiento crítico y progresista, que aparece posteriormente en el país, su incorporación a un mundo de valores diametralmente opuesto al castigo y al prejuicio, que la obligan a vivir a pesar de sí misma, en forma inercial, temerosa, pero consciente de que no existe otro camino. Narrada en primera persona, la protagonista, Aparición, acompañada de sus fantasmas, narra con un perfil biográfico  (evidente para el lector venezolano de un momento, pero no para todo el mundo) su vida de mujer. El trazado de sus personajes, trazado por la emoción amorosa, que incluye abuelos,   padres y tíos, destila femineidad y pasión. A través de la anécdota familiar la historia de la Venezuela moderna llega al lector profunda y desolada,  entre celajes al principio y franca después,  determinada en la medida que la protagonista va aclarando sus propias ideas. Si el país comienza su modernidad en los años sesenta, o poco antes, Aparición descubre también tarde sus carencias. Mujer apasionada, ha visto frustrada su sexualidad y su quehacer intelectual, perdida entre dos seres amadísimos: la madre que la ajustó a una afectuosa red religiosa y moral; el padre que le ofreció una tolerancia agnóstica. La muerte de sus ilusiones a manos de un esposo infiel, le va a permitir abrirse al mundo y, sobre todo, a sí misma, a través del Doctor y la Amiga, en un país ya distinto del que restringió su existencia. Sólo que ahora, semivencido el miedo, se asoma la soledad.

Reseña, AMAYA LLEVOT, BOLETIN, X Premio Internacional de Novela (Fundación Celarg, Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos). 1997.


Eleonora Gabaldón (1996). La hora de los secretos. Caracas, Planeta.  (GIOCONDA ESPINA, Revista Venezolana de Estudios de la mujer, Centro de Estudios de la mujer, UCV, Volumen 28).

 


Si  Eleonora Gabaldón no me hubiera puesto su novela en las manos en diciembre pasado, jamás hubiera averiguado en un estante que se trataba de una novela, pues el título desencamina a cualquiera. La hora de los secretos suena a esoteria, a manual de autoayuda. El subtítulo le ratifica a una esa primera idea: Un viaje en búsqueda de la liberación. Me pregunto si el título no habrá desencaminado también al diagramador de Planeta, pues en medio de una portada amarillo-primero-justicia hay unas flores igualmente amarillas, con lo cual cualquier alérgica a la esoteria como quien esto escribe piensa en flores de bach.

Pero se trata de una novela o, más bien, como deseó la  personaja principal, Aparición, un “ensayo novelado”, excelentemente escrito que,  como algunas otras novelas escritas por mujeres, podemos incluir entre  las que Luz Marina Rivas ha llamado intrahistorias de  sagas de mujeres, contextualizada por la historia con  h mayúscula de Venezuela, esa historia  que es  la vocación y el oficio de su autora, quien ganó en 1992 el premio que otorga la Academia Nacional de la Historia.  Dice la narradora: “Aparición quiere hacer un ensayo novelado sobre la mujer, que pretende  atrapar el mundo femenino en un época determinada, sin olvidar la singularidad del yo de muchos de sus miembros” (Gabaldón, 1996:16). A veces la rigurosa historiadora se cuela mucho tiempo en la  asociación libre que hace la narradora ante sus lectores, pero de todas formas es fascinante el recorrido que hacemos desde tiempos del  Presidente Medina, cuando llegaron de los Andes los padres de Aparición a Caracas, a la que los andinos llamaban “la meretriz de Venezuela” (Ibíd.: 24), hasta la actualidad, pasando por la forma de vivir la lucha armada los intelectuales caraqueños de la clase acomodada.

Una lectora contemporánea de la narradora reencontrará  aquí sus vestidos de “organdí” y las cintas de “gro” rosado en el pelo  para las fiestas,  el  “piqué” blanco para el día,  los zapatos colegiales “Pepito”  y  el  bordado de “punto de cruz y cadeneta” obligado de su infancia; los “armadores”  de las primeras fiestas de la  adolescencia, mientras la madre “cuidaba” desde  “el zócalo” (lo que ahora llaman rodapié), así como los “habillé” (conjuntos de blusa y falda) y los “jumper”.  Volverá a oír los dichos de la madre y las tías: que no hay que andar “partiendo el confite” con cualquiera, sobre todo con gente de “medio palo”, para después nada, “ ¡a llorar al valle!”, por no haber tenido suficiente  “fundamento”.  Que una mujer que estudia “es una temeridad”, una verdadera “exposición  para el matrimonio” (Ibíd.: 60). Volverá a oir de aquellos lugares de “temperamento” que quedaban lejísimos, como Los Chorros, Sabana Grande y Antímano” (Ibíd.: 118) y de aquellas terneras con liqui-liqui, arpa, cuatro y maracas de los domingos. Recordará  que entre esa formación de la madre, las tías y las maestras y  los cambios a partir de los sesenta, cuando llegó la hora de educar a las propias hijas no se sabía qué hacer, se “bailaba en un tusero” (Ibíd.:123). Y no serán pocas las que se reconozcan en esa mujer que después de graduar a las  hijas reconoce un desasosiego, un vacío que era viejo pero que había pospuesto sentir y  que, entonces, piense en rescatarse: “quiero mi nombre sobre la portada de un libro, quiero poner un título sobre su canto” (Ibíd.: 127)

Si  Eleonora Gabaldón no me hubiera puesto su novela en las manos en diciembre pasado, jamás hubiera averiguado en un estante que se trataba de una novela, pues el título desencamina a cualquiera. La hora de los secretos suena a esoteria, a manual de autoayuda. El subtítulo le ratifica a una esa primera idea: Un viaje en búsqueda de la liberación. Me pregunto si el título no habrá desencaminado también al diagramador de Planeta, pues en medio de una portada amarillo-primero-justicia hay unas flores igualmente amarillas, con lo cual cualquier alérgica a la esoteria como quien esto escribe piensa en flores de bach.

Pero se trata de una novela o, más bien, como deseó la  personaja principal, Aparición, un “ensayo novelado”, excelentemente escrito que,  como algunas otras novelas escritas por mujeres, podemos incluir entre  las que Luz Marina Rivas ha llamado intrahistorias de  sagas de mujeres, contextualizada por la historia con  h mayúscula de Venezuela, esa historia  que es  la vocación y el oficio de su autora, quien ganó en 1992 el premio que otorga la Academia Nacional de la Historia.  Dice la narradora: “Aparición quiere hacer un ensayo novelado sobre la mujer, que pretende  atrapar el mundo femenino en un época determinada, sin olvidar la singularidad del yo de muchos de sus miembros” (Gabaldón, 1996:16). A veces la rigurosa historiadora se cuela mucho tiempo en la  asociación libre que hace la narradora ante sus lectores, pero de todas formas es fascinante el recorrido que hacemos desde tiempos del  Presidente Medina, cuando llegaron de los Andes los padres de Aparición a Caracas, a la que los andinos llamaban “la meretriz de Venezuela” (Ibíd.: 24), hasta la actualidad, pasando por la forma de vivir la lucha armada los intelectuales caraqueños de la clase acomodada.

Una lectora contemporánea de la narradora reencontrará  aquí sus vestidos de “organdí” y las cintas de “gro” rosado en el pelo  para las fiestas,  el  “piqué” blanco para el día,  los zapatos colegiales “Pepito”  y  el  bordado de “punto de cruz y cadeneta” obligado de su infancia; los “armadores”  de las primeras fiestas de la  adolescencia, mientras la madre “cuidaba” desde  “el zócalo” (lo que ahora llaman rodapié), así como los “habillé” (conjuntos de blusa y falda) y los “jumper”.  Volverá a oír los dichos de la madre y las tías: que no hay que andar “partiendo el confite” con cualquiera, sobre todo con gente de “medio palo”, para después nada, “ ¡a llorar al valle!”, por no haber tenido suficiente  “fundamento”.  Que una mujer que estudia “es una temeridad”, una verdadera “exposición  para el matrimonio” (Ibíd.: 60). Volverá a oir de aquellos lugares de “temperamento” que quedaban lejísimos, como Los Chorros, Sabana Grande y Antímano” (Ibíd.: 118) y de aquellas terneras con liqui-liqui, arpa, cuatro y maracas de los domingos. Recordará  que entre esa formación de la madre, las tías y las maestras y  los cambios a partir de los sesenta, cuando llegó la hora de educar a las propias hijas no se sabía qué hacer, se “bailaba en un tusero” (Ibíd.:123). Y no serán pocas las que se reconozcan en esa mujer que después de graduar a las  hijas reconoce un desasosiego, un vacío que era viejo pero que había pospuesto sentir y  que, entonces, piense en rescatarse: “quiero mi nombre sobre la portada de un libro, quiero poner un título sobre su canto” (Ibíd.: 127)

LA NEGRAS

13 junio, 2010


Las negras 1600

Aquí estamos vendidas como mercancía barata para trabajarles sus tierras y mantenerles sus casas. Nos arrancaron de nuestra selva, nos apartaron para siempre de nuestros hijos y parientes, para arrojarnos al océano a punta de látigo, hambre, sed, hacinamiento y hediondez. Cuántas veces quisimos perder la vida por hambre e inanición, obligados a tragar a la fuerza el mendrugo y la gota de agua que pudiera mantenernos vivos, y todo para cumplir su empresa conquistadora. Y aquí hemos llegado para aligerar el trabajo de estos nativos a quienes oprimieron primero, y también para servirles de carne fresca en su concupiscencia. Y ahí zamparon nuestras vidas, doblándonos bajo el sol caliente para sacar adelante sus cultivos y encerradas criándoles a sus hijos con el seno opulento, con arrullos y dulzuras, para contarles nuestras historias a la hora del sueño, para quererlos y consentirlos con ternuras de madre. Aquí nos desgastamos de puro trabajo y de entregarnos a complacencias ajenas; aquí nos vendieron y nos marcaron con hierro candente en señal de propiedad, como a las bestias.

Y ¿a ver? Cómo les alegrábamos la vida con nuestras juergas y nuestros bailes, ¡cómo se les salían los ojos a las blancas queriendo aprender a desprender la cadera con esta cadencia que nos viene metida en la sangre! Y no se diga de las ganas de los caballeros, ellos con blasones y títulos, con peluca y casaca, pero con su deseo despierto no precisamente por las ganas de aprender a bailar a golpe de tambores ¡no señor! eran las de probar cómo nuestra cintura se estremecería bajo sus cuerpos lascivos y ansiosos y cómo el baile del catre sería la culminación de la noche de fiesta.

LAS INDIAS

13 junio, 2010


Yairé 1500

Y llegaron ellos para  hacerse dueños, bajaron de sus casas flotantes portando armas que blandían ostentosamente, y con mucha rabia nos diezmaron sin recelo ni piedad. Nos quitaron la tierra y a nuestros hombres, también a nuestros dioses, porque tuvimos que adorar a los suyos, a su Dios hemos de llamarlo Nuestro Señor y hemos de permanecer postrados frente a sus Santos.

A nosotras nos han tomado como sus mujeres, para uso y desafuero, sin importarles nuestros hijos nos han arrancado del hogar, y aquí estamos teniendo retoños para ellos, mestizos sin padres ni derechos.

Pero, no lo podemos negar, también en muchas ocasiones, cuando nos hicieron sus mujeres y les tuvimos sus hijos, los aguardamos con impaciencia al regreso de sus combates, de sus conquistas, de la fundación de los pueblos que hicieron suyos. ¡Ah maldición! ésta de la querencia que mezcla la nostalgia con la rabiosa quemazón, porque unos regresaron alguna vez de los puertos acompañados con sus hembras legítimas después de años en que los separó el océano, y entonces las cosas tomaron el orden que sus nexos legales y religiosos exigían, las Doñas pasaron a dirigir y a mandar en los asuntos del hogar que se instalaba en la tierra conquistada, pero nosotras, madres de sus hijos y refugio para sus deleites, nos quedamos del otro lado, a su mandar, para servirlas y para no pocas veces, ser tratadas con recelo y malicia, sospechando de nosotras, no sólo porque nos consideraban como seres inferiores y de malos instintos, sino porque temían la recaída de sus maridos en nuestros lechos de paja. Pero no todas fuimos apartadas del todo, porque a lo que a mi corresponde, no dejé de recibir la impaciente visita de madrugada, quizás más breve y espaciada, y entonces se me clavaba la melancolía en el corazón y se me encendía el resentimiento, y así uno sufre con mucha tristeza y rabia.

MUJERES EN LA COLONIA

13 junio, 2010



Aquí convivimos las mujeres de tres castas. Hemos construido una sociedad singular llena de contradicciones donde, a indias y a esclavas, se nos han pisoteado nuestras raíces y el bagaje íntimo que cada una lleva consigo. Nos educan obligándonos a aceptar los modos extraños regidos por leyes que sólo convienen al conquistador y que se oponen a nuestra cultura. Aquí hemos contribuido de manera activa a la formación y mantenimiento de un régimen que se sostiene con el aporte de nuestro trabajo, y hemos sido elemento sustancial en el poblamiento mestizo de esta nueva sociedad nacida bajo el signo de la guerra y la esclavitud. Las blancas, junto a sus maridos, gozan de los privilegios que se le permiten a las mujeres del grupo dominante y a nosotras nos mantienen a su servicio.

MISTICA Y LADRONA

13 junio, 2010


El ángel anunció a María

La tía Julia se quedó al cuidado de nosotros mientras mis padres viajaban. Era puntillosa con la servidumbre en eso de llevar la casa, y de hacernos cumplir con nuestras obligaciones. Una noche me desperté sobresaltada por unos ruidos provenientes del cuarto vecino,  me levanté a averiguar qué pasaba. Extrañada descubrí desde la puerta entreabierta a la tía en cuclillas, vaciando el cofre de las joyas que mamá guardaba bajo llave en la cómoda Guardó presurosa el tesoro en una bolsa de tela y seguidamente desocupó el resto de las gavetas esparciendo corotos por toda la habitación en completo desorden. Al amanecer nos convocó, como era su rutina, al rezo matutino. Luego llamó a la policía para informar acerca de un robo perpetuado en nuestra casa durante la noche.

 

Del interrogatorio y del registro policial no se extrajeron evidencias que condujeran a inculpar a nadie, entonces la tía  exclamó abruptamente: -¡Vamos a registrarlos! -Y aproximándose a Camila la camarera, introdujo su mano en el bolsillo del uniforme mientras deslizaba una sortija en él.. –Aquí está- exclamó con fingida sorpresa, y entonces yo, que contaba apenas con seis años, grité:- ¡No! fue la tía! Ella, de inmediato me cargó y acercándose a uno de los investigadores murmuró: -¡Pobrcita! Sufre retardo y alucinaciones.

A Camila se a llevaron en la patrulla, y la tía Julia con voz imperiosa nos convocó para el Angelus, porque eran las doce.

 

 

C c E::1442

MIS RAICES FEMENINAS

6 junio, 2010


Voz de La buscadora de rastros 2000


Voy en mi ruta interior, es un camino denso, pleno de voces que reconstruyo en diálogo, en enfrentamiento, en polémica, y a veces, en conciliación. Son las mujeres. Mi memoria esta impresa con esas palabras alojadas durante tanto tiempo, allí en mi cabeza, y en mi corazón tatuado de emociones que palpitan al contacto con las historias y los recuerdos ayer  pronunciados por las sabias ancianas, mujeres moldeadas y curtidas por una vida que las indujo oscuramente a la sumisión y a la recatada mansedumbre de aquel que escucha dispuesto a obedecer, a acogerse al destino impuesto por las decisiones ajenas. Mujeres encaminadas a una meta que brillaba orlada por una ardorosa aureola, ese marco que bordea el retrato de familia y acoge la pose de la mujer de humilde sonrisa y de mejillas encendidas con sonrosados arreboles, esos tímidos gozos ante el prestigio ganado con la conducta digna, el adecuado pudor, la imprescindible modestia: las abuelas, prudentes consejeras, trasmisoras de las virtudes que habían de asegurar nuestro arribo al puerto final: vírgenes y madres, señoritas y señoras, la memoria femenina ancestral.

Pero ahora avanzo, penetro los recuerdos guardados por esta codiciosa inquietud, dentro de mí se quiebran aquellas austeras imágenes frente a los gritos de la mujer que, alumbrada al compás del nuevo siglo, irrumpe atrevida desde mediados de la anterior centuria en desafío a la cultura atávica, enriqueciendo ese pasado de discreción y señorío con un coraje nuevo, templado para afirmar su identidad protagónica en el afuera, en el mundo ayer prohibido. Y en este viaje irregular retrocedo sin control cien años atrás, y entonces descubro ahogadas protestas que se esconden entre los fustanes del XIX, entre los trapos por donde se cuelan papeles secretos, ésos que, susurrantes, osan desafiar el silencio y denunciar los atropellos, que se atreven a revelar los anhelos prohibidos. Y más atrás, las mujeres de las castas aborígenes, unas, invadidas, diezmadas, explotadas por el apetito y el abuso del conquistador; las otras, arrancadas y desarraigadas de sus tierras nativas, embarcadas hacia la humillante esclavitud para servir al colonizador en su tarea fundadora que extiende los límites de su poderío para extraer la riqueza ajena, y también para complacido amancebamiento. Ellas, en convivencia y sumiso acato a las “doñas”, mujeres de los conquistadores que fueron arribando a fundar nuevos hogares después de atravesar el océano para unirse a los maridos, colonizadores de tierras habitadas por sus primitivos dueños; donde llegaron a sembrar un nuevo mundo y a procrear hijos mestizos y mulatos, luchadores rebeldes en un mundo de contradicciones étnicas y políticas: combate por el poder que cada casta quiere hacer suyo, contienda que se arrastra durante siglos.

Busco el significado de esta inquietud que me lleva a escuchar las voces de las otras, registrando el mensaje de cada palabra, escarbando las letras para desnudar el término del significado textual, empatándolas para obtener una secuencia cargada de sentido real y llegar al meollo que me dé las respuestas a mis propios por qué, que traiga luz a mi oscuridad. Así, desaparecidas las mujeres entre el torbellino del tiempo, no obstante su voz no deja de sonar, y me cuentan ahora su historia impregnada de “sangre, sudor y lágrimas”, y yo la escucho entonces para aquí transcribirla.

Edit