Con las manos atadas

Parece mentira, venir a los Estados Unidos con la convicción de encontrar un ambiente liberal con respecto a lo que atañe a lo femenino en el terreno laboral, y encontrarme con una guerra sorda,  subliminal a veces pero otras, demasiado evidente, en todo lo que se refiere al desarrollo de la mujer en competencia y autonomía.

Vine a trabajar a un medio de comunicación impreso, llevando una columna en referencia a la trayectoria de la mujer norteamericana en la segunda mitad del siglo XX. Una exposición a través de textos que destaquen los hitos que signifiquen cambio, conflictos y logros, consecuencias en mentalidades y costumbres que de aquellos se deriven, y recogiendo la voz de la propias protagonistas sociales. Me pareció apasionante y sobretodo contando con las investigaciones en este país que llevan datos hasta de los porcentajes de las mujeres que usan zapatos punta redonda o picuda.

Este trabajo lo obtuve gracias a mi primo Flavio, uno de los directores de la revista quien consideró que para una socióloga el rol a jugar era ideal. Yo coincidí con él, y con mucha esperanza llegué a hacerme cargo de una tarea cautivante.

Efectivamente no puedo quejarme porque la abundancia de materiales y estadísticas, es lo que sobra, pero con lo que no contaba era que existiera  una censura solapada frente a la parte exitosa que para las mujeres ha significado esta apertura hacia el mundo de “lo público”,  juzgada por muchos, en detrimento de lo “privado”, es decir, hogar y familia.

A partir de aquí he conocido como se “aliñan” datos y noticias de acuerdo  al “modelo ideal de mujer” que los medios y el mundo industrial y comercial exaltan, basados en que es el que la sociedad quiere y necesita.

Es ahí entonces, donde he tenido problemas porque nublan una visión más objetiva y tengo que registrar mucho para conocer cómo ha sido verdaderamente el impacto, en la vida de la mujer.

El “feminismo” revivido a partir de los sesenta y los setenta dejó un trauma tal que los hombres enfermaron de paranoia y en cualquier nueva actividad femenina productiva, veían la influencia de alguna feminista, sintiendo que su rol de autoridad basado en ser los únicos proveedores del ingreso familiar, corría peligro, asunto que hería puntos muy sensibles en la personalidad masculina del norteamericano.

El sector de “derecha”, los medios de comunicación, algunos grupos religiosos, y en la gran mayoría de  los hombres, cuyas voces los convertían en formadores de concepciones sociales, por ejemplo no tuvieron empacho en difundir las pretendidas consecuencias del trabajo femenino, como era el de permanecer solteras, y a raíz de esta situación, ser atrapadas por la tristeza, la amargura y la depresión. El abandono de los hijos los cuales han sido víctimas del “abuso infantil”, afirmaban. Al mismo tiempo obstaculizan la creación de centros de “cuidado diurno” que descargarían a la madre de la culpa, e introducen la sospecha de que en ellos los niños pueden ser abusados.

Hasta el mundo de la moda se ha convertido en trasmisor de estos mensajes al querer ajustar a la mujer a los modelos de “la feminidad” cargados de “volantes, escarolas y frou frou”, antes que el práctico traje que requiere el “mundo del trabajo” que incluye “el pantalón que pisotea lo femenino” se denuncia, que es una moda para “imitar el hombre”.

Veinte años después del “La Mística Femenina” ( Betty Frieman) que constriñó a la mujer al rol de ama de casa rodeada de electrodomésticos que “la hacían feliz” y la descargaban de las tareas más fatigosas, el mundo del trabajo viene a tentarla, traspasando las barreras del “home” que la recluye.

Así la sociedad tradicional, y los hombres inseguros de su virilidad, se ven apoyados por el discurso en contra del cambio de la mujer, que es asumido desde la crítica de la prensa y hasta Holiwood y los productores de series de televisión, quienes elaboran los modelos positivos y negativos para los protagonistas y a través de sus comportamientos trasmiten mensaje en contra de la penetración femenina en el espacio público.

Es por esto que mis escritos son corregidos con la finalidad de no dejar filtrar nada que pueda seducir hacia el nuevo paradigma de mujer, al contrario, hay que acentuar lo negativo, comprobado o no, que aquel lleve consigo.