EL VUELO DE SUSANA

27 enero, 2011


 

 

EL VUELO DE SUSANA


A las cinco de la madrugada los despertó un golpe proveniente del estacionamiento, un grito destemplado y una voz que destilaba pánico.

Se asomaron a la ventana y vieron el frágil cuerpo de Susana boca abajo sobre el techo de la camioneta, y a la conserje con los brazos extendidos queriendo alcanzarla.

Susanita hacía un mes estrenaba colegio con la inseguridad y la timidez que la aquejaban. Este viernes había recibido su boleta con bajas calificaciones y sola, sin amigas para compartir su pena, la escondió en su morral.

En el velorio, el psiquiatra le comentó a su esposa:

_La gente no comprende la vulnerabilidad del adolescente, ahí están las cifras de suicidio, hablan por sí mismas.

TAREA TALLER M.SOCORRO

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ILUMINADA

1 enero, 2011


Iluminada

I) El Ángel de la Guarda

Y a Iluminada le creció la vida; después de tanta estrechez se borraban los días magros y las horas mezquinas porque hoy abría ese cofre cerrado que llevaba en el corazón largo tiempo hermético contra cualquier rayo de luz; ahora, misteriosamente había aparecido la llave que develaría tantos rincones repletos de milagros.

Después de recorridos interminables a lo largo de muchos días por los tugurios de olvidados artesanos, encontró arrumbado bajo polvo y cajones viejos, un “ángel de la guarda” vestido de Nazareno y con alas de azúcar repujadas en verde, naranja y oro; de inmediato quedó cautivada frente a la imagen, no obstante necesitaba un signo que le indicara que era ésa la figura prodigiosa que estaba buscando, aquella que debía hospedar en El Ajídulce y acogerla como al agua bendita, pues era imperioso lavar los malos augurios  y todas las pavosas lilas de paloma que habían arrojado esas aves sobre los techos de la mansión durante sus raudos vuelos y sus escalas arrulladoras. Entonces, conmovida encontró la señal en aquel rostro lánguido de melena oscura pegada a las orejas, porque allí, en medio de unas enjutas mejillas, se asomaba una prominente y aguileña nariz que expresiva, evocaba las afirmaciones que se referían a ese rasgo facial:

-La Nariz de los Mendizabal, nariz que busca boca, nariz cual pluma que firmó la Independencia en 1811, nariz de pico de loro.

Y maliciosas sugerencias no faltaron cuando algunas voces apuntaban hacia un gen hebreo semiculto en algunas generaciones pero que parecía no conformarse con su estatus de “cromosoma recesivo” y entonces de pronto afloraba en todo su esplendor.

Con aquellos alias calificaba la abuela Berenice a esa facción, peculiaridad de la familia que originó muchos pesares en los frágiles espíritus de las adolescentes siempre anhelando con respingarse aquel carácter que tanto las amargaba y que, gracias a Dios, pudieron borrar después de los años 70, cuando el mago de las mises popularizó a los cirujanos plásticos para recomponer a las muñecas concursantes, sin ningún límite: desde la celulitis de los muslos y las caderas, hasta los implantes de tetas alcanzando las tallas adecuadas: 90-60-90, deteniéndose en cualquier detalle disonante que pudiera empañar el modelo prescrito y llegando hasta el rostro para liberar a la víctima de cualquier rasgo deprimente. Se acababan entonces las narices que no fueran respingonas, los ojos chiquitos, las mandíbulas prognáticas; y ni qué decir de la eliminación de los descalabros de la edad: la piel crecía hasta donde fuera necesario, y se estiraba hasta ponerse transparente dejando adivinar huesos y vasos sanguíneos los cuales se tapaban con fluidos mágicos que barnizaban el cutis con acabados de porcelana o bronceados de terracota según los gustos de la clientela. Las orejas de Dumbo desaparecían al contacto con el bisturí tornándose en diminutos “orejones navideños” de mandarina o melocotón, ya no se podría volar pero sí, lucir moños y melenas recogidas de medio lado que desnudaban el cuello y la nuca. Nunca la mujer había sido tan feliz, aunque a precio de oro, pero para eso estaba el crédito, los préstamos, las hipotecas, los aguinaldos, las prestaciones, las horas extras y los “sanes”, todo de acuerdo a las posibilidades de las quebrantadas féminas. Endeudarse por la belleza no provoca complejo de culpa, al contrario, es algo obligado en pro de la autoestima, el amor propio, el respeto a sí misma.

Hoy estaba en el sorpresivo sucucho, frente a Iluminada, aquella imagen ingenua de profunda candidez guardando promesas de salvación, entonces sin vacilar y regateando como siempre, adquirió el santo y voló a El Ajídulce mientras pensaba en el lugar apropiado donde debería ubicarlo de acuerdo a un rango justo, pues ella sospechaba con profunda certeza que el serafín era nada menos que el arcángel Gabriel enconchado humildemente, disimulando sus virtudes proféticas tras la túnica cárdena y la inocente mirada, con la apariencia de sólo ejercer la guarda y custodia de las almas ordinarias. Con ese criterio y sin comentario alguno, arregló la mesa lateral del vestíbulo con un pañolón guatemalteco verde limón rematado en borlas de tonos berenjena que colgaban en los extremos; rescató del closet de los peroles dos maltratados vases siglo XIX con asas de bronce herencia de la tía Conchita, impresos con réplicas antiguas y barnices amostazados recipientes propios para acoger tallos largos: lirios morado obispo que cortó en el jardín y los dispuso entonces, haciendo guardia de honor, a los lados del candoroso querube iluminado por dos palmatorias de barro con sendos velones violeta que despedían aromas de canela. Así pues lo ubicó dándole prioridad, la entrada de la casa, pero al mismo tiempo, disimulado realce: pared lateral pero inevitable a la vista.  Se reunía de esta manera la aparente modestia a la personalidad oculta que, según su intuición, encerraba la rústica talla de madera.

Satisfecha contempló la ornamentación y de inmediato se dirigió al recién llegado: -No te imaginas cómo he esperado por ti, necesito alivio a mis angustias y para ello deben despertar mis palabras dormidas en este cofre cerrado ¡ábrete corazón! busca el aire que ha de resucitarte, ¡no más silencio! Pero ¿cómo podía yo desahogarme sin contar con el confidente digno? Todos me miran y se conforman con decir que tengo una crisis, que eso es propio de las mujeres de la familia en épocas tan delicadas como la menopausia. ¡pues no! Yo no estoy menopáusica, tengo cuarenta y cinco años y reglo cada ventiocho días, y mi pena tiene otro origen ¡acaso la familia no ha sufrido largo tiempo el flagelo de las calamidades! Hemos estado sin protección, a la intemperie, expuestos a las más diversas desdichas. Desde el influjo de las brujas, la rapacería de los revolucionarios, el extravío de los hijos, las infidelidades maritales, y las enfermedades que habían desaparecido hace medio siglo, pues ¡justamente vinieron a posarse aquí!: paludismo y tuberculosis atacaron a Jeremías y a Prudencia, la servidumbre más antigua de la casa, la perdimos a ella y antes de su muerte contagió a mi pobre Lupino que todavía padece de una tos indiscreta en etapas de estrés; y en él subsiste periódicamente la fiebre malárica, de manera que no sale de calenturas y temblores. Yo a veces me quedo sin palabra por varios días, es lo menos que podría sufrir, el compadre Jonás Lugo, médico aficionado a la psiquiatría le dijo a mi marido que creía que se trataba de un caso de melancolía. Enseguida cundió el pánico y lo mandaron a callar, que esa palabra tenía connotaciones peligrosas dijo una y el otro que no había ocurrencia de manicomio en la familia. El se avergonzó un poco, se veía que su intención nunca fue alarmar, menos ofender, entonces sólo atinó a murmurar: -Bueno como ustedes dicen que se hunde en el silencio y que a veces cuenta cosas irreales cómo si las hubiera vivido, ustedes me perdonan, eso se llama depresión una, y delirio la otra.- Y ya no dijo más pues la familia comenzó a levantarse como para despedirlo, y él ni tonto ni perezoso con un breve, adiós pues, se marchó. (Continuará)