LA ARAÑA HILANDERA

10 julio, 2012


lA Posesión de Aracné

“…las palabras son toda mi vida; es una necesidad como la de la Araña que lleva delante un enorme Fardo de Seda que tiene que ir hilando: la seda es su vida, su casa, su seguridad, su comida y su bebida; y si se la atacan o se la deshacen, qué otra cosa puede hacer sino fabricar más, hilar de nuevo, diseñar otra vez.(…)“(1)

1) Christabel LaMotte a Henry Ash , Posesión, A.S. Byatt, Ed. Anagrama 2001 (1a ed. 1990), p.198-99

La selección del párrafo que hoy he escogido  se debe a que en varias oportunidades he tomado a “la hilandera” para relacionarla con el espíritu de la escritora; hoy aquí se manifiesta como “la araña”  que cual hilandera,  se entrega al tejido de su tela sólo que usando como hilo, sus propias substancias que se solidifican al contacto con el aire. Así se defiende y se protege con el encaje que hila para ello.

Y nosotros recordamos a La Hilandera del poeta, que hila para proteger, para consolar, para amar:

(……)

¡Hila una venda Hilandera 

Para taparme los ojos!

Dijo el hombre a la Hilandera:
a la puerta de su casa:
—Hilandera, estoy cansado,
dejé la piel en las zarzas,
tengo sangradas las manos,
tengo sangradas las plantas,
en cada piedra caliente
dejé un retazo del alma, tengo hambre, tengo fiebre,
tengo sed…, la vida es mala…
y contestó la Hilandera:
—Pasa.

Dijo el hombre a la Hilandera
en el patio de su casa:
—Hilandera estoy cansado,
tengo sed, la vida es mala;
ya no me queda una senda
donde no encuentre una zarza.
Hila una venda, Hilandera,
hila una venda tan larga
que no te quede más lino;
ponme la venda en la cara,
cúbreme tanto los ojos
que ya no pueda ver nada,
que no se vea en la noche
ni un rayo de vida mala.
Y contestó la Hilandera:
—Aguarda.

Hiló tanto la Hilandera
que las manos le sangraban.
Y se pintaba de sangre
la larga venda que hilaba.
Ya no le quedó más lino
y la venda roja y blanca
puso en los ojos del hombre,
que ya no pudo ver nada…
Pero, después de unos días,
el hombre le preguntaba:
—¿Dónde te fuiste, Hilandera,
que ni siquiera me hablas?
¿Qué hacías en estos días,
qué hacías y dónde estabas?
Y contestó la Hilandera:
—Hilaba.

Y un día vio la Hilandera
que el hombre ciego lloraba;


ya estaba la espesa venda
atravesada de lágrimas,
una gota cristalina
de cada ojo manaba.
Y el hombre dijo:
—Hilandera,
¡te estoy mirando a la cara!
¡Qué bien se ve todo el mundo
por el cristal de las lágrimas!

Los caminos están frescos,
los campos verdes de agua;
hay un iris en las cosas,
que me las llena de gracia.
La vida es buena, Hilandera,
la vida no tiene zarzas;
¡quítame la larga venda
que me pusiste en la cara!

Y ella le quitó la venda
y la Hilandera lloraba


y se estuvieron mirando
por el cristal de las lágrimas
y el amor, entre sus ojos,
hilaba…


Andrés Eloy Blanco 

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Desde aquí, hoy, con la música tenue como compañera, intentando hacer de este espacio conciencia de un entramado de ideas y de emociones que revitalice mis tejidos adormecidos y perezosos, rebeldes ante el llamado del amanecer que pide acción, movimiento, pasos.

Estoy rodeada de los enseres de ayer, de los mismos que otros días me sonreían complacidos pero hoy los encuentro adustos y exigentes, parece que esperan por un algo que no he podido darles. Hay desorden en la estancia, papeles regados que no he logrado clasificar ni guardar adecuadamente a pesar de la profunda limpieza que he hecho: pero no, no me decidí a emprender la tarea de organizar mis letras, mis signos, mis sentimientos y mis emociones que yacen aún y desde varios meses atrás, regados por donde quiera, sobre poltronas y sillas, archivadores y encima de la empañada mesa de vidrio que debería estar cristalina e impecable, sólo asiento para los frascos contenedores de lápices, creyones, plumas y cortaplumas, y del libre espacio para permitirme el apoyo eventual de la hoja donde anoto las ideas que vienen, y se van si no las atrapo a tiempo. Allí están esos envases transparentes plenos de recuerdos, apenas tatuados con el escudo y la firma del hotel, provenientes de esos exclusivos hospedajes cuando, repletos de frutos secos y excelsos chocolates, nos esperaban en la alcoba para ser devorados con el aperitivo, o en la dulce merienda después del despertar de aquella siesta amorosa.

Pero no quiero recordar, no quiero volver más a esos espacios hoy tan lejanos, borroneados tras su partida; y no sé si mi evocación es un retrato o está llena de detalles y adornos que mi memoria adolorida ha ido agregando empujada por el vaivén de mi emoción.

La tarde se ha oscurecido o yo creo que se ha nublado, quizás son mis ojos mojados quienes así la perciben, y me hiere aquí adentro un pellizco retorcido, antipático, él me recuerda que he estado huyendo, que este escribir espontáneo me revela cómo escondo mi dolor, su ausencia, mi desamparo. Está vivo y me hace temblar porque parece que por primera vez tomo conciencia de que sí, de que es verdad, de que él no está y de que no estará más. Pero también presiento que invisible me espía, me sigue ¿me acompaña? Hoy su Adagio predilecto se hizo presente de forma sorpresiva justo en la antesala de la consulta secreta, allí dónde se derraman mis temores y mi soledad. ¿Fue acaso una señal desde ese doloroso espacio, fuente que brota siempre porque está en la raíz de mi aflicción y de mi parálisis?

Pero yo había creído que olvidaba, y por eso intenté regocijarme al pensar que ya no sentiría esta herida en el pecho que me lastima cada día tras el alarido de un reloj que borra para siempre la música de su llamada matinal, mi dulce despertador durante tantos amaneceres.

Hoy no tengo una historia nueva que contar, sólo la mía, no puedo salir de este atolladero, quiero empezar a narrar sobre otros miles de seres y sus universos, ¿dónde están? Antes bullían a mi alrededor pidiendo tinta y papel para ser perpetuados a través de esos signos, en sus hazañas, en su alegría, en su soledad, en sus miserias, en su egoísmo, en su vanidad, en sus sueños, en sus penas. Ahora todo es silencio, estoy vacía, me acobardo, huyo, me escondo tras la puerta del dolor, pero soy incapaz de abrirla. Y escucho una y otra vez a quien dijo: “dad la palabra al dolor: el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe”. (H.Luke).

 ¿Cómo recuperar el espíritu perdido para volver a crear, para dar rienda suelta a esta tormenta amenazante que se agolpa sin expresión y apenas desata tempestad destructiva en mi interior, el desprendimiento de aguas viscosas que me ahogan en la desolación? Mi espíritu está sediento de ese fuego, del aliento que vivifica las imágenes ocultas, trémulas, que claman por volcarse en un texto para transformar, para renovar mi vida. Busco el numen que alienta mi labor, ésa que imprime sentido a mi quehacer. Y ahora recuerdo: “Tiene que haber combustible antes de que el fuego arda: tiene que haber tierra tanto como semilla antes de que se cree nueva vida” (Helen M. Luke 37),

Debo llegar a mis anhelos inconscientes ahogados, mis motivos secretos, he de liberarlos de la oscuridad y correr el espeso velo que los cubre para descubrir mis verdaderas metas: debo explorar mi propia sabiduría para llegar a la conciencia de mis inquietudes, reconocerlas, convertirlas en propósitos. Tengo que descubrir cuál es mi tarea singular, discriminar el peso de mis componentes espirituales, conocer y valorar el principio que domina mi ser (Ob.cit.p.41),

He padecido por mi pasividad sin saber que estoy hecha de cualidades opuestas y que mi naturaleza femenina me inclina a la paciente espera antes que a la acción diligente. Sin embargo debo  descubrir hasta cuándo he de permanecer antes de actuar. Este camino de auto conocimiento me permite develar esta vergüenza perniciosa que suma quietud y omisión, y el sufrimiento que la acompaña. Tuvo que ocurrir esta separación fatal para sentir hasta dónde él formaba parte de mi ser, hasta dónde me ha devastado su partida y la profundidad de esta herida que no cesa de sangrar.

Porque con Ellos reconocemos en nosotras las fibras de este tejido femenino que contiene mil arabescos, trazos que dibujan la entrega y los nudos que ahogan nuestros gritos. Amantes que nos deshacen en sus anhelos y entonces olvidamos nuestras propias inquietudes sólo para complacerlos. Madres que consintiéndolos, acunamos en ellos a los hijos que aún no hemos parido; pero también, enfrentándolos, empujamos el brote sorpresivo de nuestra energía salvadora que nos permite defendernos hasta rescatar la dignidad y surgir íntegras con el brillo de nuestra entereza.

Y todo me hace falta…..A todo echo de menos….Sus halagos que me encumbraron y su amparo que me rodeó de confianza; no obstante paradójicamente, su vulnerabilidad de adolescente que me profetizaba el abandono, y su afán de dominio que lo hacía omnipresente, me enseñaron a conocer su género como el mayor peligro para obviar mi esencia de mujer, aquella porción plena de recursos y cualidades aún escondidas en la oscuridad: no sólo soy dulzura y pasividad sino también fortaleza y espíritu de lucha, afán de superación, respeto por mí misma.

Entonces Ellos, a nuestro lado, son contradictorio encuentro: el deleite del regalo amoroso, el riesgo de perdernos a nosotras mismas; o la oportunidad de descubrir y desarrollar nuestra potencialidad femenina que la cultura que nos amamantó se empeña en atropellar entre persecución y asfixia.  Contra ella y frente al hombre, su portavoz, hemos de caminar dentro de una ruta de búsqueda y descubrimiento, rescate de la verdad que ha de darnos esta alegría de mujeres en lidia por alcanzar su plenitud en muchos terrenos, y donde el amor por el hombre se hace imperioso desde las hebras más íntimas de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, pero por lo mismo, hemos de cuidarnos velando en todo momento a favor de nuestra autoestima y desarrollo integral.


Hoy Señor, te he sentido a mi lado con dos Angeles de la Guarda que has traido en mi ayuda.

Gracias Señor, respondiste a mi llamado en el recorrido de este camino incierto. Y es que esta fe en tu compañía, me permite descubrirte a mi lado: si no hubieras abierto mis ojos , la luz pasaría desapercibida, pero estoy despierta y entonces puedo sentirte compañero, protector, ¡Padre!

¡Gracias mi Señor! porque contigo puedo resistir los embates con serenidad, porque mi mano está apoyada en la tuya y mi paso se vuelve seguro cuando me acompañas.




Páginas Delirantes (2)

Me duela la cabeza, cada vez que esto me sucede me dedico a una profunda averiguación con el fin de encontrarle causa, motivo, a dicho mal, que me tortura desde hace años con algunos intervalos piadosos donde desaparece la dolencia por unos días. Pero hoy no voy a averiguar nada porque estoy arrecha, cada vez que empiezo a ver un poquito de luz, cualquier “nimiedadviene a entorpecerme la incipiente esperanza, ¿acaso voy a darle el gusto a esas fuerzas negativas que me salen al paso para cortar mi camino a punta de tortura. Vivo luchando contra un pertinaz saboteo de mi desarrollo, de mi autonomía, del alcance de mis metas, de todo aquello soñado y a veces rozado con la yemas de los dedos, saboreado con la punta de la lengua, oído como  tenue y melodioso susurro con toques de ilusión. Pero no logro atrapar ninguno de estos anuncios con perseverancia, se me escapan, se cuelan entre mis torpes manos, resbalan entre mis dedos. Cuento mis éxitos de brinco en brinco, un gran espacio los separa unos de otros, no hay continuidad, y muchas veces, desbarato algo prometedor, con mi timidez, con la sospecha del fracaso, con la huída. Con la insistente pregunta sobre mi derecho a darle vida a mis sueños. 

Alguien me dijo que yo soy una frustrada quejona. Termino pensando que es cierto pero ¿acaso no me convencieron desde niña de mis irremediables carencias?

¿Acaso no me cortaron el paso con aquellos prejuicios decimonónicos que me impedían desarrollarme por ser eso propio de mujeres poco femeninas y condenadas al desprestigio? Ahora que estoy libre de prohibiciones porque ya no existen las voces críticas que me cortaban el paso, entonces resulta que han sobrevivido alojadas en mi interior y dominan mi cuerpo con mensajes que logran que me enferme y que permanezca en la misma parálisis.

Y no es que he permanecido pasiva e inmóvil frente a los ataques de esa psique morbosa  que no cesa de agredirme a través de mis vulnerables defensas, al contrario he acudido a una diversidad de expertos en los males del alma, donde he recorrido todas las escuelas psiquiátricas en boga, ¿para qué? Para identificar a los causantes de mis males, siempre los mismos, señalados por expertos en teorías conductistas, psicoanalíticas, junguianas, “skinner-nianas”, sin que ningunos de sus especialistas logren que se rompa el anclaje que me domina, lo que me lleva a consumir irremediablemente psicofármacos para alejar la ansiedad y la depresión, y entonces intentar una y otra vez probar mi perseverancia en la lucha por engañar a los morbos, y a hurtadillas y probando trampitas, revitalizar los sueños inconclusos.

CEMENTERIO DE MUÑECAS

2 julio, 2012



Hablar de niñas y  pensar en“muñecas” creo que es un hecho coherente

_¿Todavía?

_ No lo sé, lo era en mi época, años 40 y 50, lo era durante la infancia de mis hijas, 1960, 1980.

Tuve mala suerte con mis muñecos preferidos, terminaron  precozmente lisiados sin remedio. Se trataba de una muñeca vestida de campesina italiana que me trajo el Niño Jesús; trajeada con falda de tafetán a  rayas , delantal  de algodón blanco con graciosos bordados, blusa de  organdí con manguitas bombachas rematadas en encaje; zapatos y medias, y ropa interior. En uno de mis intentos por ponerle las bragas luego de su rutina en la vasinilla, una de sus piernas quedó en mis manos. Y el bebé de celuloide, René, comprado en Paris en nuestro viaje de 1949, ataviado con braguita de seda azul arruchada en nido de abeja, perdió sus brazos al recibir un estrechón de una vecinita que venía a jugar conmigo.

Los dos cargaron sus miembros con pegostes de adhesivo que yo como improvisada cirujana les colocaba una y otra vez, la pierna en el fémur, los brazos en los hombros. Las operaciones no duraban ni una sesión de juego, después de cargarlos, meterlos en el coche, sentarlos en su mecedora, o  en su sillita de comer, las extremidades se aflojaban y terminaban colgando. Yo no me conformaba con sus impedimentos, pero mamá lírica y consoladora, siempre me esperanzaba con que ya aparecería una clínica para muñecas. S i ésta llegó a existir, nunca lo supe, el hecho fue que mis muñecos continuaron mutilados de por vida y nuestros juegos e historias cambiaron dado los desgraciados accidentes.

Hace unos días me sorprendió en una calle solitaria de la urbanización Chuao, un viejo camión  con barandas

 de madera estacionado, portador del más extraño cargamento: multitud de viejas muñecas sucias y rotas, amonto

nadas o colgando de las barandas. El aspecto era deprimente: el deterioro y la suciedad de las infelices provocaba una extraña sensación, porque además no parecían arrojadas sin objeto, sino al parecer, conformando una especie desordenada de exhibición.

Mi curiosidad superó la discreción y la cautela; me detuve y desparpajadamente interrogue al viejo y sucio conductor que había descendido del vehículo.

_¿Y esto qué es? ¿Una clínica de muñecas?_ mi angustia infantil insatisfecha continuaba ahí.

-No mi Doña¡¡¡¡¡ _respondió festivo.-Esas son las que me acompañan, a mi no me pasa nada malo, no me para un fiscal, ni existe alcabala que se meta conmigo.

Y seguidamente comenzó a mostrarme sus ejemplares predilectos, desnudos,  algunos  con las extremidades incompletas , y de todos los tamaños.

-Mi Doña ¿usted conoce al · “feto”?  –y de inmedaito extrajo del  montón un bebé  de goma inmundo.-Mírelo, mírele

 las arrugas- y lo volteaba para enseñarme la espalda del muñeco – un feto, es  un feto.

Yo reconocí en aquel cuerpecito de goma arrugada al bebé que  nunca me compraron a  pesar de mis ruegos,  se llamaba “el bebé carnita” y se le publicitaba como un recién nacido auténtico.

Me despedí y me monté en mi carro, una sensación de repugnancia me invadía y la sentí durante el resto del día.

Hoy, indagando en internet en busca de imágenes de muñecas, me he topado con una inesperada revelación: La isla de las muñecas, en Xochimilco, México, es una exhibición enorme de muñecas en todos sus estadios de vida y condiciones físicas, colocadas en ranchos, árboles, techos de viviendas precarias, colgando por doquier. La historia sobre la atípica colección se refiere a uno de los habitantes de la isla que se dedicó a recolectar todas las muñecas desechadas de los pueblos vecinos, para protegerse de fantasmas y espantos que solían rondar y atacar por la isla.  Entonces recuerdo las palabras del viejo del camión, y me pregunto: acaso  ¿las muñecas “muertas”, son hadas defensoras contra el peligro y el acoso de espíritus perversos? ¿Era esa la función que cumplían durante los  viajes del anciano? Sin duda protección contra fiscales y alcabalas, y…no sabemos frente a quienes más.

 No lo hubiera imaginado pero las fotos de la isla que impresionan por parecer un cementerio o un lugar de sacrificio, hablan de un culto muy fuerte que de hecho se cumple y cuenta con devotos visitantes, pero al mismo tiempo la isla es percibida como un espacio siniestro que causa terror a muchos.

Muñecas Tristes 

platinada colgando

fingiendo una sonrisa 

lágrimas sucias

CARTA A UN AMIGO

1 julio, 2012


CARTA A UN AMIGO

 

En tu correo me hablas de “sabiduría” y del “apreciar cada instante de nuestra vida y disfrutarlo en su verdadera esencia”.

Tus palabras me llevan a reflexionar: Ciertamente los años que vamos sumando no constituyen un tiempo vacío, al contrario, son la acumulación de experiencias que en la medida en que hayamos sido capaces de “elegir”, determinan nuestro crecimiento y maduración para dar forma a nuestro camino, y de esa manera disfrutar de la esencia de la vida que nos ofrece la posibilidad de ser creadores con un sentido más trascendente que el mero “imitar a los demás” como monitos de circo; y que no es otra sino la libertad de ser nosotros mismos antes que frágiles canoas a merced de la corriente. Esto me hace recordar un pensamiento de J. Ortega y Gasset:

“Solemos llamar vivir a sentirnos empujados por las cosas, en lugar de conducirnos por nuestra propia mano”.

Recibe mi gratitud y el afecto de siempre,

 

Eleonora.