DEPRESION E HIPOCONDRIA, AÑO 2006

5 julio, 2012



Páginas Delirantes (2)

Me duela la cabeza, cada vez que esto me sucede me dedico a una profunda averiguación con el fin de encontrarle causa, motivo, a dicho mal, que me tortura desde hace años con algunos intervalos piadosos donde desaparece la dolencia por unos días. Pero hoy no voy a averiguar nada porque estoy arrecha, cada vez que empiezo a ver un poquito de luz, cualquier “nimiedadviene a entorpecerme la incipiente esperanza, ¿acaso voy a darle el gusto a esas fuerzas negativas que me salen al paso para cortar mi camino a punta de tortura. Vivo luchando contra un pertinaz saboteo de mi desarrollo, de mi autonomía, del alcance de mis metas, de todo aquello soñado y a veces rozado con la yemas de los dedos, saboreado con la punta de la lengua, oído como  tenue y melodioso susurro con toques de ilusión. Pero no logro atrapar ninguno de estos anuncios con perseverancia, se me escapan, se cuelan entre mis torpes manos, resbalan entre mis dedos. Cuento mis éxitos de brinco en brinco, un gran espacio los separa unos de otros, no hay continuidad, y muchas veces, desbarato algo prometedor, con mi timidez, con la sospecha del fracaso, con la huída. Con la insistente pregunta sobre mi derecho a darle vida a mis sueños. 

Alguien me dijo que yo soy una frustrada quejona. Termino pensando que es cierto pero ¿acaso no me convencieron desde niña de mis irremediables carencias?

¿Acaso no me cortaron el paso con aquellos prejuicios decimonónicos que me impedían desarrollarme por ser eso propio de mujeres poco femeninas y condenadas al desprestigio? Ahora que estoy libre de prohibiciones porque ya no existen las voces críticas que me cortaban el paso, entonces resulta que han sobrevivido alojadas en mi interior y dominan mi cuerpo con mensajes que logran que me enferme y que permanezca en la misma parálisis.

Y no es que he permanecido pasiva e inmóvil frente a los ataques de esa psique morbosa  que no cesa de agredirme a través de mis vulnerables defensas, al contrario he acudido a una diversidad de expertos en los males del alma, donde he recorrido todas las escuelas psiquiátricas en boga, ¿para qué? Para identificar a los causantes de mis males, siempre los mismos, señalados por expertos en teorías conductistas, psicoanalíticas, junguianas, “skinner-nianas”, sin que ningunos de sus especialistas logren que se rompa el anclaje que me domina, lo que me lleva a consumir irremediablemente psicofármacos para alejar la ansiedad y la depresión, y entonces intentar una y otra vez probar mi perseverancia en la lucha por engañar a los morbos, y a hurtadillas y probando trampitas, revitalizar los sueños inconclusos.

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