EL DUELO DE UNA MUJER 2003

6 julio, 2012

 

Desde aquí, hoy, con la música tenue como compañera, intentando hacer de este espacio conciencia de un entramado de ideas y de emociones que revitalice mis tejidos adormecidos y perezosos, rebeldes ante el llamado del amanecer que pide acción, movimiento, pasos.

Estoy rodeada de los enseres de ayer, de los mismos que otros días me sonreían complacidos pero hoy los encuentro adustos y exigentes, parece que esperan por un algo que no he podido darles. Hay desorden en la estancia, papeles regados que no he logrado clasificar ni guardar adecuadamente a pesar de la profunda limpieza que he hecho: pero no, no me decidí a emprender la tarea de organizar mis letras, mis signos, mis sentimientos y mis emociones que yacen aún y desde varios meses atrás, regados por donde quiera, sobre poltronas y sillas, archivadores y encima de la empañada mesa de vidrio que debería estar cristalina e impecable, sólo asiento para los frascos contenedores de lápices, creyones, plumas y cortaplumas, y del libre espacio para permitirme el apoyo eventual de la hoja donde anoto las ideas que vienen, y se van si no las atrapo a tiempo. Allí están esos envases transparentes plenos de recuerdos, apenas tatuados con el escudo y la firma del hotel, provenientes de esos exclusivos hospedajes cuando, repletos de frutos secos y excelsos chocolates, nos esperaban en la alcoba para ser devorados con el aperitivo, o en la dulce merienda después del despertar de aquella siesta amorosa.

Pero no quiero recordar, no quiero volver más a esos espacios hoy tan lejanos, borroneados tras su partida; y no sé si mi evocación es un retrato o está llena de detalles y adornos que mi memoria adolorida ha ido agregando empujada por el vaivén de mi emoción.

La tarde se ha oscurecido o yo creo que se ha nublado, quizás son mis ojos mojados quienes así la perciben, y me hiere aquí adentro un pellizco retorcido, antipático, él me recuerda que he estado huyendo, que este escribir espontáneo me revela cómo escondo mi dolor, su ausencia, mi desamparo. Está vivo y me hace temblar porque parece que por primera vez tomo conciencia de que sí, de que es verdad, de que él no está y de que no estará más. Pero también presiento que invisible me espía, me sigue ¿me acompaña? Hoy su Adagio predilecto se hizo presente de forma sorpresiva justo en la antesala de la consulta secreta, allí dónde se derraman mis temores y mi soledad. ¿Fue acaso una señal desde ese doloroso espacio, fuente que brota siempre porque está en la raíz de mi aflicción y de mi parálisis?

Pero yo había creído que olvidaba, y por eso intenté regocijarme al pensar que ya no sentiría esta herida en el pecho que me lastima cada día tras el alarido de un reloj que borra para siempre la música de su llamada matinal, mi dulce despertador durante tantos amaneceres.

Hoy no tengo una historia nueva que contar, sólo la mía, no puedo salir de este atolladero, quiero empezar a narrar sobre otros miles de seres y sus universos, ¿dónde están? Antes bullían a mi alrededor pidiendo tinta y papel para ser perpetuados a través de esos signos, en sus hazañas, en su alegría, en su soledad, en sus miserias, en su egoísmo, en su vanidad, en sus sueños, en sus penas. Ahora todo es silencio, estoy vacía, me acobardo, huyo, me escondo tras la puerta del dolor, pero soy incapaz de abrirla. Y escucho una y otra vez a quien dijo: “dad la palabra al dolor: el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe”. (H.Luke).

 ¿Cómo recuperar el espíritu perdido para volver a crear, para dar rienda suelta a esta tormenta amenazante que se agolpa sin expresión y apenas desata tempestad destructiva en mi interior, el desprendimiento de aguas viscosas que me ahogan en la desolación? Mi espíritu está sediento de ese fuego, del aliento que vivifica las imágenes ocultas, trémulas, que claman por volcarse en un texto para transformar, para renovar mi vida. Busco el numen que alienta mi labor, ésa que imprime sentido a mi quehacer. Y ahora recuerdo: “Tiene que haber combustible antes de que el fuego arda: tiene que haber tierra tanto como semilla antes de que se cree nueva vida” (Helen M. Luke 37),

Debo llegar a mis anhelos inconscientes ahogados, mis motivos secretos, he de liberarlos de la oscuridad y correr el espeso velo que los cubre para descubrir mis verdaderas metas: debo explorar mi propia sabiduría para llegar a la conciencia de mis inquietudes, reconocerlas, convertirlas en propósitos. Tengo que descubrir cuál es mi tarea singular, discriminar el peso de mis componentes espirituales, conocer y valorar el principio que domina mi ser (Ob.cit.p.41),

He padecido por mi pasividad sin saber que estoy hecha de cualidades opuestas y que mi naturaleza femenina me inclina a la paciente espera antes que a la acción diligente. Sin embargo debo  descubrir hasta cuándo he de permanecer antes de actuar. Este camino de auto conocimiento me permite develar esta vergüenza perniciosa que suma quietud y omisión, y el sufrimiento que la acompaña. Tuvo que ocurrir esta separación fatal para sentir hasta dónde él formaba parte de mi ser, hasta dónde me ha devastado su partida y la profundidad de esta herida que no cesa de sangrar.

Porque con Ellos reconocemos en nosotras las fibras de este tejido femenino que contiene mil arabescos, trazos que dibujan la entrega y los nudos que ahogan nuestros gritos. Amantes que nos deshacen en sus anhelos y entonces olvidamos nuestras propias inquietudes sólo para complacerlos. Madres que consintiéndolos, acunamos en ellos a los hijos que aún no hemos parido; pero también, enfrentándolos, empujamos el brote sorpresivo de nuestra energía salvadora que nos permite defendernos hasta rescatar la dignidad y surgir íntegras con el brillo de nuestra entereza.

Y todo me hace falta…..A todo echo de menos….Sus halagos que me encumbraron y su amparo que me rodeó de confianza; no obstante paradójicamente, su vulnerabilidad de adolescente que me profetizaba el abandono, y su afán de dominio que lo hacía omnipresente, me enseñaron a conocer su género como el mayor peligro para obviar mi esencia de mujer, aquella porción plena de recursos y cualidades aún escondidas en la oscuridad: no sólo soy dulzura y pasividad sino también fortaleza y espíritu de lucha, afán de superación, respeto por mí misma.

Entonces Ellos, a nuestro lado, son contradictorio encuentro: el deleite del regalo amoroso, el riesgo de perdernos a nosotras mismas; o la oportunidad de descubrir y desarrollar nuestra potencialidad femenina que la cultura que nos amamantó se empeña en atropellar entre persecución y asfixia.  Contra ella y frente al hombre, su portavoz, hemos de caminar dentro de una ruta de búsqueda y descubrimiento, rescate de la verdad que ha de darnos esta alegría de mujeres en lidia por alcanzar su plenitud en muchos terrenos, y donde el amor por el hombre se hace imperioso desde las hebras más íntimas de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, pero por lo mismo, hemos de cuidarnos velando en todo momento a favor de nuestra autoestima y desarrollo integral.

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