“Los hombres , los hombres de su mundo, creían todavía que habían alcanzado una meta.

Por un momento todo lo que vivían, les había parecido definitivo”

(Prólogo de Mauricio Serrahima para En busca del Tiempo Perdido de Marcel Proust)



Ella, la mujer a quien deseo referirme, se llama Eleonora Gabaldón, y el libro, su libro, se intitula “La Horade los Secretos”, novela, ensayo histórico, todas materias que componen el quehacer cotidiano  de la autora, los que antecedieron a la soledad de Aparición va a su necesidad imperiosa, de convocar a los ausentes. El laberinto ¿sería necesario ubicarlo ahora, escudriñar el hecho de que Aparición se envuelve y revuelve en él, como si ella misma fuera su espejo, como si algo no ha pasado aquí entre todos nosostros, multiplicando los espejos en donde nos vemos reflejados en particular y en conjunto?

“Aparición tiene mucho que contar, pero no puede compartirlo con cualquier. Entonces convida a los cómplices de ayer, a los amigos que se fueron de este mundo, y los hace regresar para vivir la hora de los secretos”. Así comienza lasenda por donde va a discurrir “Un viaje en busca de la liberación”, subtítulo de la obra (Planeta, Biblioteca,  Andina, Italgráfica, Caracas 1996).

Con premeditada intención de compartir con el lector la primicia de su decisión, Eleonora Gabaldón nos va indicando el camino a través del cual nos topamos con el laberinto. Este nuestro,  el de este tiempo que pareciera tan incapacitado para recibir de Dédalo  la ayuda requerida para encontrar salidas.

La Técnica


La técnica que Eleonora Gabaldón va a manejar en su trabajo sigue, paso a paso, la maravillosamente inventada por Marcel Proust en su atormentada búsqueda del “tiempo perdido”. No se va a tropezar el lector de la hora de los secretos, con una línea argumental al filo de la cual los personajes integrados al mundo novelístico, a medida que actúan, terminan componiendo la imagen de su propio tiempo.Aquí resulta al revés. Es el tiempo que les toca vivir a cada uno de ellos el que va a ir moldeando sus respectivas presencias vitales.

Un filo halo, diríase, incluso perfumado, va esparciendo una discreta bruma en torno a las vidas que van cobrando forma de referencia presente y aquellos que reúne en su casa destartalada, Aparición. Sombras de un pasado que es el suyo y que, sin embargo, tiene el compromiso de señalar y hasta condenar.  Pero que a pesar de su liberación, -con sus liberaciones-, no se atreve a consumar, pues bien sabe que corre el riesgo de perder la justificación misma de su realizacion de mujer liberada, pero siempre distinta como la inclinaba a ser y permanecer, “mamá”.

El tiempo


El tiempo de la novela, el laberinto, no es otro que el de la conformación dramática de la Venezuela que traspapela su rumbo. La que salta de un extremo a otro siempre empujada a ello por el atavismo de aquella condición de tierra de paso, que tuvo en los días de la búsqueda ansiona de El Dorado, rescatada después de un siglo completo de ruinas infernales, para revivir de nuevo a los muertos que se llevaron al otro mundo, los fardos cargados de imaginarias concepciones de las felicidades que ofrecía “la tierra de gracia”. Aquel embuste hermoso del Almirante que la miró por la primera vez con los ojos enfermos y logró colocarlal mercado de los sueños como un alivio contra la envidia de los empedernidos negadores de sus hazañas.

Una prosa suelta, sincera, transparente. Como las charlas de aquellas visitas de antaño, tan graciosamente cargadas de remilgos cargadas de normativas impuestas por la politesse, que enseñaban a sus alumnas las hermanas que en “El Paraíso”, hiciera levantar al doctor Raimundo Andueza Palacio y que el general Crespo le impidió habitar.

La lucha


La lucha interna de Aparición es intensa, consigo misma, al sentirse comprometida, sin posibilidades de renuncias, con su condición de mujer que aspira ser siempre distinta. Aquel consejo maternal que, al final, le resultará tan útil en su decisión de reajustar su vida. Eso sí, obligada a someterse a cuanto el tiempo impone, “no tiene muy claro, cómo es que pueden hacer todas estas cosas, aunque sabe que él ha hecho negocios muy acertados, pero no entiende muy bien como es que la disponibilidad crece así, salvajemente, pero esto es Venezuela, si uno quiere hacer dinero mija, uno puede hacerlo, eso es así.Sin embargo, no por ello descarta la posibilidad de disfrute que ofrece ese tiempo carente de ilusiones. De esa manera  “se enterraba el pasado, lo corotos imponían las costumbres ahora”.

Pretendía encontrar refugio resguardando   formas de actuar que eran de las antiguas maneras de ser noble. Tal como lo fuera siempre el padre, poeta y patriota, dos palabras tan sin colocación, en este ambiente cuyo molde a imitar era chabacanería importada por los representantes  comerciales de USA y por la avalancha de los traídos como mosquitos, por las incandescencias de los petrodólares, desde los países devastados por las guerras de Europa, o por las deficieoncias en el serevicio doméstico, desde las islas y las costas del Caribe. En sus monólogos insitía Aparición: “Me estoy debatiendo entre pasado y presente y hoy libro una batalla entre la mujer incolora que he sido y la que quiso ser, y también con aquella, me dijeron, debía ser. He traicionado y me han traicionado, no he cumplido con nada ni con nadie. Y sueño con volver a tener otra oportunidad”. Una fórmula de arrepentimiento, imposible, tan usada  en este mundo que aborrece y que ella atrapa, inconsciente, en medio de la tempestad seca de su soledad.

Los sueños


Incomprensibles para sus amigas, los sueños de lealtades asolutas que, en un momento cualquiera, se desvanecen en las manos del marido infiel, tan abogado de prestigio y tan hábil para presentarse ante ella como el impoluto juez que siempre tiene la mano la explicación que le parece satisface todas las quisquillosidades morales, de los náufragos de los ciclones que levantaron los corruptos. Sus amigos de la política, le regalaron cargos mientras él les lograba la entrada en los clubes de moda; o los de las grandes empresas, renovadoras de las gerencias de pulpería que era la única conocida por los viejos,  desubicados, tercos hablando de democracia en un país que se empeñaba tanto en retornar a Africa o a las churuatas de los indígenas que la Conquista les diera condición de gentes capaces de recibir el bautismo.

El libro de Eleonora Gabaldón deja un regusto de amargura, a la cual pudiéramos ponerle fecha cierta y lugar preciso. Es así, porque está escrito con honradez y con dolor y con ternura. Es como un libro de memorias que ella no quiso escribir anotando fechas y nombres propios. En verdad aquellos que los llevaban no merecen que se les recuerde. Lo sabemos nosotros, los de este tiempo y los del otro. Ese que se empeñó en cabalgar en dos caballos a la vez, como en los circos, pensando en la posibilidad de hacerlo sin descanso, infinitamente. Lo que en verdad, era imposible. Quien no la conoce tiene razón para imaginarla consumida en medio de los sombríos encuentros de sus sueños con los fantasmas que corean las furias generadas por los impostores, que pretenden realizar como normas de vida la confusión de lo cierto con lo falso, de lo factible con lo irrealizable, lo amable y fino, con lo chabacano y soez. Su libro es un grito de protesta, digna,  severa, profundamente honesta. También cargado de hermosa reveerencia por todo olo que guardaba un mundo conmovido por afectos entrañables, que ella recrea adornados de una poesía pura, como la de “Padre y eso fue cuando para nosotros la Navidad era Navidad y estábamos contigo, porque eras nuestro huésped de nochebuena y eras el portador de los mensajes , vida y muerte, compromiso y renuncia, y nos dabas tu tiempo, tu palabra y tu amor”.

Proust




Hay mucho de Proust, insisto, en el libro de Eleonora Gabaldón. Con lo cual, entiendo, valoriza la calidad que ofrece ese matiz retropesctivo que es su sustentación más percibible. Pero en todo caso, es ella sola quien maneja esas sutiles cuerdas  que van trasmitiendoo el movimiento vital a su obra. Por eso en todo caso,  no hay tiempos en el recorrido en doonde queda borrada la presencia de la socióloga y la historiadora, abriendo sus propios caminos, a codazos, en ese campo cubierto de delicadezas añoradas por la mujer, -el complemento de la trilogía- que no esconde su protesta contra aquellos que se convirtieron en murallas tras las cuales buscaban defender sus atributos de macho.

Estoy escribiendo hoy sobre ese libro y me alejo mucho de cuanto hago corrientemente para el periódico, sin embargo, debo decir, con sinceridad, que quien tenga la oportunidad de leer entre líneas no le sería tan definitivamente extraño el que me dedicara hoy a estas especulaciones literarias. Si algo se hace indispensable descifrarlo hoy, me atrevo a señalar que con prioridad, es la oculta, tan oculta razón  sobre la cual el historiador del futuro habrá de apoyarse para tratar de comprender este laberinto por donde andamos. El libro de Eleonora es lo más parecido a un testimonio descarnado del tiempo que perdimos y de los pavorosos desvaríos que se armaron para hacer todavía más patética la entrega que hemos de hacer desde ahora.

Ha sido un tiempo de fantasmas , trastornados y trastornadores. De ceguedades imperdonables, de derroche, de oportunidades y de abrumadoras soledades sufridas en medio de cúmulo de desilusiones, como nunca antes había sucedido en esta tierra. Los protagonistas de este libro, innominados, mínimos, componen el sustrato sobre el cual se levantó este torreón sin fundamentos, destinado a salvaguardar la dignidad de Venezuela.

Proust

  • (Manuel Rafael Rivero, REPORTE, diario de la economía, Las cosas de los días, agosto 1998).


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LA HORA DE LOS SECRETOS

5 noviembre, 2010


Gabaldón Eleonora. La Hora de los Secretos. Caracas. Planeta, 1996

Por Anabella Acevedo Leal, en Venezuelan Literature&Arts Journal. Revista de Literatura y Artes Venezolanas, Vol.3, 1997.

La Hora de los Secretos lleva también el subtítulo de Un viaje en búsqueda de la liberación, y está precedida por lo que aparentemente es una confesión de la escritora, en la que ésta nos comunica que en un primer momento su plan era atrapar la canción oculta de la hembra en un ensayo, pero debido a haberse dejado seducir por la memoria y la ima ginación, el resultado fue una novela o, en palabras de Gabaldón, la arbitraria fusión de remembranzas y delirios, un acopio de momentos. Más adelante, cuando ya la novela se ha iniciado, nos encontramos con una nueva explicación de la misma, esta vez como un ensayo novelado que pretende atrapar el mundo femenino en una época determinada, sin olvidar la singularidad del yo de muchos de sus miembros, explicación que se repite nuevamente cuando llegamos a la página final, pues la novela se acompaña de una sinopsis que a estas altura resulta, más está decirlo, innecesaria. (Obvio, fue la sinopsis presentada con el texto para optar a su publicación en Editorial Planeta. Nota de la autora). Las palabras claves para acceder a este texto  son entonces ensayo e imaginación, pues es la combinación de estos elementos la que marca el sentido y el ritmo de esta obra, la primera novela de la historiadora Eleonora Gabaldón, cuyo trabajo historiográfico ha sido ampliamente reconocido.

A través de la novela nos enteramos de la vida de Aparición, una mujer sola que comparte los hechos más significativos de su existencia con las personas más amadas –especialmente sus padres, que murieron y que ahora son su única compañía y los oyentes de sus memorias. La historia de Aparición es aparentemente fácil de reducir: criada en el seno de una familia acomodada, por padres inteligentes que siempre la instaron a ser diferente, con el que parece ser su hombre ideal: guapo, popular y de ideas progresistas. Todo va muy bien hasta que se da cuenta de que su esposo la engaña, y que además, está involucrado en negocios corruptos. De ahí en adelante Aparición se dedica a buscar la felicidad a través del trabajo, la superación intelectual y el amor y aunque en ninguno de estos campos llega a triunfar-se enamora de un hombre casado que la abandona y deja su exitoso trabajo por él-, la novela termina de una manera positiva, con la aceptación de los hechos cumplidos mirando hacia delante para lidiar con un nuevo quehacer (352), y ese nuevo quehacer es, precisamente, escribir con el doble fin de convencer y consolar (353).

Pero este resumen de la novela solamente se refiere a su parte más anecdótica y deja de lado lo que le da más validez, es decir, el relato paralelo y aparentemente secundario de la historia de Venezuela. Aparición se presenta como una metáfora del país: esperanzado en un principio, engañado por una falsa abundancia luego, abandonado a su suerte más tarde. Por supuesto, el discurso histórico de La hora de los secretos continua la tradición de novelas venezolanas, que cuenta con obras como No esa tiempo para rosas rojas (1983), de Antonieta Madrid; La casa en llamas, de Milagros Mata Gil (1985); Colombina descubierta (1991), de Alicia Frelich: El exilio del tiempo (1990) y Doña Inés contra el olvido (1992, de Ana Teresa Torres; entre muchas.

Este paralelismo entre historia personal e historia nacional se encuentra reforzado através de la polifonía del discurso, y sería imposible elegir la voz que predomina en la narración pues esta cambia constantemente, a veces aún dentro de un mismo párrafo. Con frecuencia, sin embargo, la voz de la historiadora Eleonora Gabaldón pasa a dominar demasiado el relato con reflexiones sobre hechos históricos específicos, su impacto en la realidad de Aparición y sus consecuencias para el desarrollo de la vida en Venezuela. Por supuesto, esto cumple uno de los intereses de la escritora, es decir, con sus intereses como historiadora, pero en ciertos momentos este estilo ensayístico distrae nuestra lectura y hace que la presencia de Aparición se oscurezca un poco. Aunque esto mismo podría ser intencional, pues es precisamente la búsqueda de la voz propia y la reafirmación del ser de una mujer venezolana lo que se cuestiona en La Hora de los Secretos.

Dentro del universo de la novela hace suyos los problemas por los que ha pasado la mujer en la historia, tales como la falta de preparación profesional, la creencia de que las únicas opciones para la mujer son el matrimonio y la maternidad; la dependencia de los padres primero, y del esposo, más tarde; y la resignación frente a la infidelidad del esposo, etc. Y aunque Aparición es víctima de todos estos problemas por lo menos la certeza de que existe algo más allá, de las realidades que sufre. Pero claro, esta certeza se ve compañada de sentimientos de insatisfacción y de búsqueda, lo cual le lleva a experimentar las formas más diversas de liberación, desde aquella fundamentada en el éxito profesional, hasta la liberación a través del amor.

La temática de la novela no es demasiado original pero se compensa con las estrategias narrativas utilizadas por Gabaldón. Como se dijo en un principio, el estilo polifónico se convierte en una metáfora de las problemáticas tratadas. Por una parte nos encontramos frente a un diálogo entre la realidad personal de una mujer y la realidad de su país, hechos tan multiformes que admiten –casi exigen-el uso de varios puntos de vista. La realidad femenina que se textualiza en la novela se perfila como una mezcla de voces, precisamente porque el sujeto de la historia que se nos narra no posee la individualidad ni la seguridad que caracterizan a una persona feliz. Lo que busca Aparición en la novela es precisamente ese equilibrio y para lograrlo se ve en la necesidad de encontrar una voz propia que la satisfaga, de ahí que busque constantemente interlocutores que la asistan en su empresa. Aparición es, pues, la suma de muchas vidas que la han ido modelando, como este mismo personaje evidencia en un momento de la novela: llevo conmigo todo, lo temido y lo anhelado, estoy llena de las voces reconocidas y también de las extrañas, y es un coro que entona una canción de raras convivencias, temo extraviarme en este espacio sorprendente y caótico (341). Y es este temor a extraviarse el que experimenta asimismo el lector durante la lectura al saltar de un espacio temporal a otro y de una voz narrativa a otra. Sin embargo es algo que no nos toma por sorpresa ya que responde a la tradición narrativa hispanoamericana del presente siglo y, si queremos ser más específicos, a la tradición narrativa venezolana de los últimos tiempos, de las ya mencionadas novelas de Ana Teresa Torres. De esta multiplicidad de voces sobresale, como habría de esperarse en una novela de este tipo, el monólogo interior, que funciona como el perfecto vehículo para la confesión frente a la cual nos encontramos y frente a la cual se encuentran también los convidados por Aparición para acompañarla y escucharla.

Uno de los aciertos de esta novela es, como se adelantó antes, el juego constante con los planos temporales. Por una parte, lo que tenemos es una fragmentación que refleja realmente el estado de confusión de la mujer que recuerda y reflexiona acerca de todo lo que se le viene a la memoria. Pero por otro lado, las trecientos cincuenta y siete páginas transcurren en una tarde, lo necesario para que los convidados a esta reunión lleguen-y se cierra el círculo iniciado en las primeras páginas-y escuchen lo que aparición necesita compartir con ellos.

La hora de los Secretos se inscribe, además, dentro de las corrientes más modernas de la narrativa femenina, y los elementos que mejor la definen dentro de este espacio son la denuncia de una realidad injusta; necesidad de modificar esa realidad y la búsqueda de otras posibilidades; y la desmitificación de supuestos culturales que se aceptaban como sagrados. Aunque como se dijo antes, esta desmitificación no se limita a la situación de la mujer sino que se lleva a un plano más general, como el del plano de la historia  nacional vista, eso sí, desde una óptica femenina y, a ratos feministas.

Esta primera novela de Eleonora Gabaldón puede verse como la manifestación de una serie de dualidades. Desde un punto meramente formal podría decirse que funde ensayo y ficción; si nos situamos en el plano histórico social, es evidente que la historia personal camina de la mano de la historia nacional; y si pensamos la novela a partir del discurso lo que tenemos es un lenguaje que se desdobla y que se plantea como un diálogo en el que necesariamente nos vemos obligados a participar.

Anabella Acevedo Leal

Texas ,Christian University.

ANABELLA ACEVEDO, VENEZUELAN LITERATURE&ARTS JOURNAL. REVISTA DE LITERATURA Y ARTES VENEZOLANAS.Vol 3, No.1.1997



Reseña

Dice la autora, ya bastante adelantada la novela: “Estas son las memorias de una mujer sola que vive la aurora del año 2000 y está encallada en el siglo XIX”. En esta frase está la esencia de lo que este texto narrativo representa dentro dentro de la novelística de recuperación de la historia a través de la memoria individual y colectiva:  la realidad de la mujer venezolana de clase acomodada (casi desaparecida), que se debate entre su formación prejuiciada por una concepción religiosa anquilosada que habla de un Dios enjuiciador y castigador; su confrontación con un pensamiento crítico y progresista, que aparece posteriormente en el país, su incorporación a un mundo de valores diametralmente opuesto al castigo y al prejuicio, que la obligan a vivir a pesar de sí misma, en forma inercial, temerosa, pero consciente de que no existe otro camino. Narrada en primera persona, la protagonista, Aparición, acompañada de sus fantasmas, narra con un perfil biográfico  (evidente para el lector venezolano de un momento, pero no para todo el mundo) su vida de mujer. El trazado de sus personajes, trazado por la emoción amorosa, que incluye abuelos,   padres y tíos, destila femineidad y pasión. A través de la anécdota familiar la historia de la Venezuela moderna llega al lector profunda y desolada,  entre celajes al principio y franca después,  determinada en la medida que la protagonista va aclarando sus propias ideas. Si el país comienza su modernidad en los años sesenta, o poco antes, Aparición descubre también tarde sus carencias. Mujer apasionada, ha visto frustrada su sexualidad y su quehacer intelectual, perdida entre dos seres amadísimos: la madre que la ajustó a una afectuosa red religiosa y moral; el padre que le ofreció una tolerancia agnóstica. La muerte de sus ilusiones a manos de un esposo infiel, le va a permitir abrirse al mundo y, sobre todo, a sí misma, a través del Doctor y la Amiga, en un país ya distinto del que restringió su existencia. Sólo que ahora, semivencido el miedo, se asoma la soledad.

Reseña, AMAYA LLEVOT, BOLETIN, X Premio Internacional de Novela (Fundación Celarg, Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos). 1997.


Eleonora Gabaldón (1996). La hora de los secretos. Caracas, Planeta.  (GIOCONDA ESPINA, Revista Venezolana de Estudios de la mujer, Centro de Estudios de la mujer, UCV, Volumen 28).

 


Si  Eleonora Gabaldón no me hubiera puesto su novela en las manos en diciembre pasado, jamás hubiera averiguado en un estante que se trataba de una novela, pues el título desencamina a cualquiera. La hora de los secretos suena a esoteria, a manual de autoayuda. El subtítulo le ratifica a una esa primera idea: Un viaje en búsqueda de la liberación. Me pregunto si el título no habrá desencaminado también al diagramador de Planeta, pues en medio de una portada amarillo-primero-justicia hay unas flores igualmente amarillas, con lo cual cualquier alérgica a la esoteria como quien esto escribe piensa en flores de bach.

Pero se trata de una novela o, más bien, como deseó la  personaja principal, Aparición, un “ensayo novelado”, excelentemente escrito que,  como algunas otras novelas escritas por mujeres, podemos incluir entre  las que Luz Marina Rivas ha llamado intrahistorias de  sagas de mujeres, contextualizada por la historia con  h mayúscula de Venezuela, esa historia  que es  la vocación y el oficio de su autora, quien ganó en 1992 el premio que otorga la Academia Nacional de la Historia.  Dice la narradora: “Aparición quiere hacer un ensayo novelado sobre la mujer, que pretende  atrapar el mundo femenino en un época determinada, sin olvidar la singularidad del yo de muchos de sus miembros” (Gabaldón, 1996:16). A veces la rigurosa historiadora se cuela mucho tiempo en la  asociación libre que hace la narradora ante sus lectores, pero de todas formas es fascinante el recorrido que hacemos desde tiempos del  Presidente Medina, cuando llegaron de los Andes los padres de Aparición a Caracas, a la que los andinos llamaban “la meretriz de Venezuela” (Ibíd.: 24), hasta la actualidad, pasando por la forma de vivir la lucha armada los intelectuales caraqueños de la clase acomodada.

Una lectora contemporánea de la narradora reencontrará  aquí sus vestidos de “organdí” y las cintas de “gro” rosado en el pelo  para las fiestas,  el  “piqué” blanco para el día,  los zapatos colegiales “Pepito”  y  el  bordado de “punto de cruz y cadeneta” obligado de su infancia; los “armadores”  de las primeras fiestas de la  adolescencia, mientras la madre “cuidaba” desde  “el zócalo” (lo que ahora llaman rodapié), así como los “habillé” (conjuntos de blusa y falda) y los “jumper”.  Volverá a oír los dichos de la madre y las tías: que no hay que andar “partiendo el confite” con cualquiera, sobre todo con gente de “medio palo”, para después nada, “ ¡a llorar al valle!”, por no haber tenido suficiente  “fundamento”.  Que una mujer que estudia “es una temeridad”, una verdadera “exposición  para el matrimonio” (Ibíd.: 60). Volverá a oir de aquellos lugares de “temperamento” que quedaban lejísimos, como Los Chorros, Sabana Grande y Antímano” (Ibíd.: 118) y de aquellas terneras con liqui-liqui, arpa, cuatro y maracas de los domingos. Recordará  que entre esa formación de la madre, las tías y las maestras y  los cambios a partir de los sesenta, cuando llegó la hora de educar a las propias hijas no se sabía qué hacer, se “bailaba en un tusero” (Ibíd.:123). Y no serán pocas las que se reconozcan en esa mujer que después de graduar a las  hijas reconoce un desasosiego, un vacío que era viejo pero que había pospuesto sentir y  que, entonces, piense en rescatarse: “quiero mi nombre sobre la portada de un libro, quiero poner un título sobre su canto” (Ibíd.: 127)

Si  Eleonora Gabaldón no me hubiera puesto su novela en las manos en diciembre pasado, jamás hubiera averiguado en un estante que se trataba de una novela, pues el título desencamina a cualquiera. La hora de los secretos suena a esoteria, a manual de autoayuda. El subtítulo le ratifica a una esa primera idea: Un viaje en búsqueda de la liberación. Me pregunto si el título no habrá desencaminado también al diagramador de Planeta, pues en medio de una portada amarillo-primero-justicia hay unas flores igualmente amarillas, con lo cual cualquier alérgica a la esoteria como quien esto escribe piensa en flores de bach.

Pero se trata de una novela o, más bien, como deseó la  personaja principal, Aparición, un “ensayo novelado”, excelentemente escrito que,  como algunas otras novelas escritas por mujeres, podemos incluir entre  las que Luz Marina Rivas ha llamado intrahistorias de  sagas de mujeres, contextualizada por la historia con  h mayúscula de Venezuela, esa historia  que es  la vocación y el oficio de su autora, quien ganó en 1992 el premio que otorga la Academia Nacional de la Historia.  Dice la narradora: “Aparición quiere hacer un ensayo novelado sobre la mujer, que pretende  atrapar el mundo femenino en un época determinada, sin olvidar la singularidad del yo de muchos de sus miembros” (Gabaldón, 1996:16). A veces la rigurosa historiadora se cuela mucho tiempo en la  asociación libre que hace la narradora ante sus lectores, pero de todas formas es fascinante el recorrido que hacemos desde tiempos del  Presidente Medina, cuando llegaron de los Andes los padres de Aparición a Caracas, a la que los andinos llamaban “la meretriz de Venezuela” (Ibíd.: 24), hasta la actualidad, pasando por la forma de vivir la lucha armada los intelectuales caraqueños de la clase acomodada.

Una lectora contemporánea de la narradora reencontrará  aquí sus vestidos de “organdí” y las cintas de “gro” rosado en el pelo  para las fiestas,  el  “piqué” blanco para el día,  los zapatos colegiales “Pepito”  y  el  bordado de “punto de cruz y cadeneta” obligado de su infancia; los “armadores”  de las primeras fiestas de la  adolescencia, mientras la madre “cuidaba” desde  “el zócalo” (lo que ahora llaman rodapié), así como los “habillé” (conjuntos de blusa y falda) y los “jumper”.  Volverá a oír los dichos de la madre y las tías: que no hay que andar “partiendo el confite” con cualquiera, sobre todo con gente de “medio palo”, para después nada, “ ¡a llorar al valle!”, por no haber tenido suficiente  “fundamento”.  Que una mujer que estudia “es una temeridad”, una verdadera “exposición  para el matrimonio” (Ibíd.: 60). Volverá a oir de aquellos lugares de “temperamento” que quedaban lejísimos, como Los Chorros, Sabana Grande y Antímano” (Ibíd.: 118) y de aquellas terneras con liqui-liqui, arpa, cuatro y maracas de los domingos. Recordará  que entre esa formación de la madre, las tías y las maestras y  los cambios a partir de los sesenta, cuando llegó la hora de educar a las propias hijas no se sabía qué hacer, se “bailaba en un tusero” (Ibíd.:123). Y no serán pocas las que se reconozcan en esa mujer que después de graduar a las  hijas reconoce un desasosiego, un vacío que era viejo pero que había pospuesto sentir y  que, entonces, piense en rescatarse: “quiero mi nombre sobre la portada de un libro, quiero poner un título sobre su canto” (Ibíd.: 127)