ILUMINADA ll

3 febrero, 2011


II) Bienvenida a una nariz

Iluminada presintió que había ocurrido algo prodigios, no podía pasar por debajo de la mesa aquel hallazgo, pero manteniendo con discreción el secreto de la presentida identidad, haría un homenaje subliminal. A las siete de la noche fueron regresando todos de sus respectivas rutinas y obligaciones, y por supuesto no dejaron de notar la novedad: entre burlas y elogios fue acogido el pintoresco altar que hoy se alzaba en el atrio de El Ajídulce, y no faltó quien señalara el perfil aguileño con malicioso acento:

-¡Pero bueno, es que ni en los altares nos libramos de los picos de loro!

Era Azucena, la mayor de las hijas, víctima de su “garfio” considerado inoperable por cautelosos galenos, pero que una vez ocurrido el destape de la cirugía plástica hasta el extremo de que el bisturí llegara a los salones de belleza, una osada doctora consiguió derrumbarlo. No faltaron reingresos urgentes al “centro estético” a raíz de obstinadas y recurrentes inflamaciones y torrenciales hemorragias, pero al fin, a pesar de que la familia convocó a especialistas del “derecho” para intentar una demanda por mala praxis, la médico logró controlar el cuadro caótico y salvarse del juicio, y Azucena a partir de ese momento pudo lucir dos estrechas fosas nasales verticales, rematadas por un respingo graciosísimo, según decía y repetía Briseida, la madrina de la feliz desganchada. Y no sólo eso sino también, aunque ya sin el anzuelo, paradójicamente alcanzó pescar a un marido, asunto de suma urgencia pues el calendario galopaba ya en desbocada carrera. Siguiendo los pasos de su mamá logró concertar matrimonio con un maracucho, Anfiloquio Montiel entró a engrosar las filas de la familia Coronado Mendizabal tranquilizando los ánimos de Iluminada que ya presagiaba la desdichada soltería de su hija.

El resto de los hijos, Lupino, Geranio, Jacobo y Melquíades, y su padre Preámbulo, a quien Iluminada llamaba Prea,  hicieron su arribo justo a la hora de la cena, cuyo servicio se retrasó pues ella les hizo saber que las compras del día y las remodelaciones ornamentales la habían puesto de magnífico humor y por ello los convidaba a un aperitivo. Esto los sorprendió gratamente pues los últimos meses había caído sobre la familia un manto de pesimismo, era comprensible, Silogismo, el varón mayor, había desaparecido hacía más de seis meses y ni la policía ni la inteligencia militar habían dado con rastro alguno.

Después del segundo trago Iluminada no pudo obviar al huésped sagrado y entonces invitó a una plegaria de bienvenida y entonó las primeras palabras del aguinaldo navideño, “El Ángel Gabriel anunció a María…..” tal era su emoción que estuvo a punto de delatar la personalidad que adjudicaba al prominente miembro del coro celestial,  enmudeció entonces y luego de rodillas en el piso, cambió el rumbo: bien venido Ángel de la Guarda: Ángel de la Guarda, dulce compañía.. ..Y todos corearon: no me desampares ni de noche ni de día, Ángel de la Guarda………Iluminada concluyó con una petición, Angel de la Guarda cuida de este hogar que hoy te honra y rescátanos a Silo porque su ausencia nos está consumiendo, Amén.

Este tipo de escenas, podríamos decir un tanto exóticas, no podían sorprender en la familia ya que de Iluminada podía esperarse cualquier hecho extravagante, pero hoy se regocijaban de que ella lucía en franco camino de recuperación.

Y cuando se fue a la cama aquella noche, sintió muy dentro de sí la convicción de que algo había ocurrido, y que sin duda a partir de ahora, cambiarían muchas cosas, porque el recién llegado no estaba ahí casualmente, esta visita estaba escrita, no sería intrascendente su estadía en El Ajídulce, un torrente de fe la invadía y decidió que no antepondría prejuicio alguno a una esperanza que con misteriosa magia se apoderaba de ella. Por eso antes de que la venciera el sueño pronunció una oración de agradecimiento y súplica:

-Precioso querube, Ángel de amor, ¡gracias por tu generosa presencia! ¡Confórtame! Limpia mi corazón de oscuras sombras, te he buscado con “fe de carbonero”, como diría mi abuela Luisana, porque sabía que me esperabas impaciente en algún lugar,  ansioso por consolarme, por ello rastree las calles de la ciudad con obstinada perseverancia, del Este al Oeste y viceversa seguí la lucecita que tú encendiste para mí como guía que me permitió encontrarte. Después de tanta frialdad y escepticismo me despierto al mundo de la confianza para creer en las voces que me arrullan cada vez que los malos presentimientos me amenazan. Voy venciendo la oscuridad que  ha caído sobre nosotros, con esfuerzo por rescatar la fe trato de aliviar esta zozobra que me ha  enterrado en vida. Ya son diez años de sobresalto, nos han quitado la esperanza en cámara lenta, torturándonos, retrasando la protesta, minando nuestra energía, mientras intentan engañarnos y engatusar a la opinión mundial.

Me dicen que mi enfermedad me hace ver todo peor, pero a pesar de los delirios  yo sé lo qué sucedió, y también lo que mi mente atolondrada por las pesadillas creyó ver: hoy puedo separar la realidad de los sueños, pero ¿es qué acaso no hay relación entre ellos? ¿No es verdad que nos arrebataron las tierras de mis ancestros donde durante tantos años, desde mi niñez, había cabalgado entre prados y pajonales rodeada del aroma del café y del dulzor de la caña? Allí donde crié a mis hijos como lo hicieron conmigo, rodeada de conucos y familias campesinas que labraron la tierra, ahuecándola para sembrar su comida y nuestra fortuna en esas fincas que desde el momento en que mi abuelo Hipólito (el progresista) asumió el mando, compartimos con la peonada, intentando, según sus afirmaciones, paliar “el feudalismo tercermundista” haciendo discretos repartos a antiguos “siervos”, y compartiendo algo del producto de las cosechas. Porque Hipólito Mendizabal había heredado en 1920 la propiedad ancestral y se vio asediado durante la década por nuevas doctrinas que voceaban hijos y sobrinos desde la tribuna de la Universidad, y después clandestinamente, en pedazos de papel arrugado que a veces lograban filtrarse desde el presidio y llegar a sus manos.

Pero resulta que justamente, estos desarrollos “más modernos” han sido expropiados para que nuevos latifundistas disfrazados de revolucionarios se beneficien, y a nosotros nos han remachado hasta el cansancio, la concesión tan extraordinaria con que nos han distinguido: nos permiten conservar “la mansión”, pero nos han rodeado de muros, más bien murallas altísimas que nos aíslan del paisaje de nuestra vida y también de nuestra gente, allí donde nacieron  generaciones amorosas y fieles a “sus señores”, sus amos, para ser más cruda. Y la chismografía política no para de cuchichear que éste es sólo el comienzo de un proceso que llegará muy lejos, porque desde las tribunas presidencial y legislativa, el discurso es cada vez más amenazante. ¿Y qué más me pueden decir a mí que tengo a mi hijo desaparecido desde los días bravos de la Plaza a donde él asistía con sus amigos militares? ¡Bastante que se lo dije: ¡No te expongas que eso es muy delicado! Pero no, ¡no le hacen caso a uno! Ahí está, desaparció, y como si se lo tragara la tierra, no hemos sabido ¡nada de nada! Y enseguida procedieron a quitarnos las tierras, para mí que lo tenían fichado, y esto fue una venganza.

Y no obviemos las “tragedias puertas adentro” que me han exprimido  el corazón a punta de desbocadas y dolorosas palpitaciones, y no puede ser de otra manera cuando yo vivo para mis hijos y pierdo toda cordura cuando les sucede cualquier cosa, o de tan sólo presentirlo.

Iluminda concluyó sus confidencias y oraciones, se despidió del Ángel prometiendo asignarle un nombre más íntimo y familiar, y contenta de todos los progresos que sentía en su estado de ánimo, ofreció continuar su relación espiritual y su camino en busca de apoderarse de su corazón extraviado durante tanto tiempo.

Anuncios

ILUMINADA

1 enero, 2011


Iluminada

I) El Ángel de la Guarda

Y a Iluminada le creció la vida; después de tanta estrechez se borraban los días magros y las horas mezquinas porque hoy abría ese cofre cerrado que llevaba en el corazón largo tiempo hermético contra cualquier rayo de luz; ahora, misteriosamente había aparecido la llave que develaría tantos rincones repletos de milagros.

Después de recorridos interminables a lo largo de muchos días por los tugurios de olvidados artesanos, encontró arrumbado bajo polvo y cajones viejos, un “ángel de la guarda” vestido de Nazareno y con alas de azúcar repujadas en verde, naranja y oro; de inmediato quedó cautivada frente a la imagen, no obstante necesitaba un signo que le indicara que era ésa la figura prodigiosa que estaba buscando, aquella que debía hospedar en El Ajídulce y acogerla como al agua bendita, pues era imperioso lavar los malos augurios  y todas las pavosas lilas de paloma que habían arrojado esas aves sobre los techos de la mansión durante sus raudos vuelos y sus escalas arrulladoras. Entonces, conmovida encontró la señal en aquel rostro lánguido de melena oscura pegada a las orejas, porque allí, en medio de unas enjutas mejillas, se asomaba una prominente y aguileña nariz que expresiva, evocaba las afirmaciones que se referían a ese rasgo facial:

-La Nariz de los Mendizabal, nariz que busca boca, nariz cual pluma que firmó la Independencia en 1811, nariz de pico de loro.

Y maliciosas sugerencias no faltaron cuando algunas voces apuntaban hacia un gen hebreo semiculto en algunas generaciones pero que parecía no conformarse con su estatus de “cromosoma recesivo” y entonces de pronto afloraba en todo su esplendor.

Con aquellos alias calificaba la abuela Berenice a esa facción, peculiaridad de la familia que originó muchos pesares en los frágiles espíritus de las adolescentes siempre anhelando con respingarse aquel carácter que tanto las amargaba y que, gracias a Dios, pudieron borrar después de los años 70, cuando el mago de las mises popularizó a los cirujanos plásticos para recomponer a las muñecas concursantes, sin ningún límite: desde la celulitis de los muslos y las caderas, hasta los implantes de tetas alcanzando las tallas adecuadas: 90-60-90, deteniéndose en cualquier detalle disonante que pudiera empañar el modelo prescrito y llegando hasta el rostro para liberar a la víctima de cualquier rasgo deprimente. Se acababan entonces las narices que no fueran respingonas, los ojos chiquitos, las mandíbulas prognáticas; y ni qué decir de la eliminación de los descalabros de la edad: la piel crecía hasta donde fuera necesario, y se estiraba hasta ponerse transparente dejando adivinar huesos y vasos sanguíneos los cuales se tapaban con fluidos mágicos que barnizaban el cutis con acabados de porcelana o bronceados de terracota según los gustos de la clientela. Las orejas de Dumbo desaparecían al contacto con el bisturí tornándose en diminutos “orejones navideños” de mandarina o melocotón, ya no se podría volar pero sí, lucir moños y melenas recogidas de medio lado que desnudaban el cuello y la nuca. Nunca la mujer había sido tan feliz, aunque a precio de oro, pero para eso estaba el crédito, los préstamos, las hipotecas, los aguinaldos, las prestaciones, las horas extras y los “sanes”, todo de acuerdo a las posibilidades de las quebrantadas féminas. Endeudarse por la belleza no provoca complejo de culpa, al contrario, es algo obligado en pro de la autoestima, el amor propio, el respeto a sí misma.

Hoy estaba en el sorpresivo sucucho, frente a Iluminada, aquella imagen ingenua de profunda candidez guardando promesas de salvación, entonces sin vacilar y regateando como siempre, adquirió el santo y voló a El Ajídulce mientras pensaba en el lugar apropiado donde debería ubicarlo de acuerdo a un rango justo, pues ella sospechaba con profunda certeza que el serafín era nada menos que el arcángel Gabriel enconchado humildemente, disimulando sus virtudes proféticas tras la túnica cárdena y la inocente mirada, con la apariencia de sólo ejercer la guarda y custodia de las almas ordinarias. Con ese criterio y sin comentario alguno, arregló la mesa lateral del vestíbulo con un pañolón guatemalteco verde limón rematado en borlas de tonos berenjena que colgaban en los extremos; rescató del closet de los peroles dos maltratados vases siglo XIX con asas de bronce herencia de la tía Conchita, impresos con réplicas antiguas y barnices amostazados recipientes propios para acoger tallos largos: lirios morado obispo que cortó en el jardín y los dispuso entonces, haciendo guardia de honor, a los lados del candoroso querube iluminado por dos palmatorias de barro con sendos velones violeta que despedían aromas de canela. Así pues lo ubicó dándole prioridad, la entrada de la casa, pero al mismo tiempo, disimulado realce: pared lateral pero inevitable a la vista.  Se reunía de esta manera la aparente modestia a la personalidad oculta que, según su intuición, encerraba la rústica talla de madera.

Satisfecha contempló la ornamentación y de inmediato se dirigió al recién llegado: -No te imaginas cómo he esperado por ti, necesito alivio a mis angustias y para ello deben despertar mis palabras dormidas en este cofre cerrado ¡ábrete corazón! busca el aire que ha de resucitarte, ¡no más silencio! Pero ¿cómo podía yo desahogarme sin contar con el confidente digno? Todos me miran y se conforman con decir que tengo una crisis, que eso es propio de las mujeres de la familia en épocas tan delicadas como la menopausia. ¡pues no! Yo no estoy menopáusica, tengo cuarenta y cinco años y reglo cada ventiocho días, y mi pena tiene otro origen ¡acaso la familia no ha sufrido largo tiempo el flagelo de las calamidades! Hemos estado sin protección, a la intemperie, expuestos a las más diversas desdichas. Desde el influjo de las brujas, la rapacería de los revolucionarios, el extravío de los hijos, las infidelidades maritales, y las enfermedades que habían desaparecido hace medio siglo, pues ¡justamente vinieron a posarse aquí!: paludismo y tuberculosis atacaron a Jeremías y a Prudencia, la servidumbre más antigua de la casa, la perdimos a ella y antes de su muerte contagió a mi pobre Lupino que todavía padece de una tos indiscreta en etapas de estrés; y en él subsiste periódicamente la fiebre malárica, de manera que no sale de calenturas y temblores. Yo a veces me quedo sin palabra por varios días, es lo menos que podría sufrir, el compadre Jonás Lugo, médico aficionado a la psiquiatría le dijo a mi marido que creía que se trataba de un caso de melancolía. Enseguida cundió el pánico y lo mandaron a callar, que esa palabra tenía connotaciones peligrosas dijo una y el otro que no había ocurrencia de manicomio en la familia. El se avergonzó un poco, se veía que su intención nunca fue alarmar, menos ofender, entonces sólo atinó a murmurar: -Bueno como ustedes dicen que se hunde en el silencio y que a veces cuenta cosas irreales cómo si las hubiera vivido, ustedes me perdonan, eso se llama depresión una, y delirio la otra.- Y ya no dijo más pues la familia comenzó a levantarse como para despedirlo, y él ni tonto ni perezoso con un breve, adiós pues, se marchó. (Continuará)