RAMON J. VELASQUEZ

12 julio, 2010


Conocer la Historia para Construir un País

Por Eleonora Gabaldón

SUMARIO: Ramón J. Velásquez (Táchira, 1916) es una institución para la Historiografía y el Ensayo en Venezuela. Su obra, reconocida con los más importantes premios nacionales, lo hace redactor y protagonista de la propia historia del país.

Conocí al Doctor Velásquez en 1980 en la búsqueda de documentos que no había podido encontrar. En la Dirección de El Nacional y durante una cálida acogida vivimos momentos singulares que nos empapaban de los hechos ocultos que la historia formal había borrado hasta de los programas de educación, y .a través de la palabra de un historiador erudito cuya verbo encendido de pasión por los descubrimientos y el rescate de nuestra memoria, convertía aquella  consulta en una “cátedra” de alto nivel. Puedo afirmar que fue esa luminosa circunstancia momento a partir del cual pude encauzar inquietudes que no habían encontrado la ruta para su desarrollo. Y esta virtud animadora de Velásquez ha contribuido contribuye sólidamente al éxito de muchos espíritus motivados, él como director de múltiples publicaciones y desde el plano personal, ha apoyado tanto al rescate de los documentos extraviados como al trabajo de historiadores debutantes cuyos méritos han crecido en interesantes obras ampliamente difundidas

Leer y escuchar su discurso es asistir a la exposición de los pronósticos ciertos del estudioso quien en instantes se transforma en “profeta” gracias a los fundamentos de un saber profundo que enlaza las hebras de los siglos con puntadas que cosen los acontecimientos aparentemente aislados para dotarlos del hilo conductor de la historia, para desentrañar de ella los hechos y los augurios sobre el presente y el futuro. Y de su análisis podemos deducir cómo la cultura ancestral permea por los resquicios, los errores de los conductores del poder se repiten y ello nos empujará hasta el despeñadero. En la década de los 70 formula una penetrante reflexión sobre los peligros de los regímenes viciados por la partidocracia y la corrupción, y en 1974, Senador y Presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores, destaca lo superficial y vacuo de un discurso político que no logra crear criterio cabal sobre la realidad del país, ni sobre las acciones urgentes para salvarlo.

La voz del humanista en su obra resuena desde la conciencia, porque es el historiador, el político, el escritor, el periodista, consustanciado y palpitante con las glorias y heridas de su país, y sólo así puede incorporarnos a un pasado cuyo conocimiento es camino para hallar nuestra propia identidad de pueblo que arrastra décadas cargadas de enigmas, para sembrarnos la responsabilidad de seres hacedores de la historia como compromiso vital, coherente con la creación de una inquietud solidaria que nos permita culminar con un proyecto justo de país. Igualmente sus cátedras, conferencias y conversaciones son ocasión de acercarnos al descubrimiento de oscuros arcanos y con ello Velásquez despierta no sólo curiosidad por nuestra pasado sino que siembra la necesidad por conocerlo, de adentrarnos en él para comprender al país y profundizar en el conocimiento de nosotros mismos, de nuestras herencias y determinaciones como integrantes de una sociedad que acarrea un tiempo empatado con nudos y enredos dignos de desbaratar para sacar a flote conexiones e incongruencias, propósitos y desatinos, las grandezas y las miserias de un pueblo que aun se debate por encontrar su identidad.

Sólo quien ha profundizado los hechos y la personalidad de los actores puede nutrir su talento para llegar a través de una brillante narrativa a reproducir épocas y personajes, escenarios y protagonistas que el autor va dibujando con la convicción y la perspicacia del estudioso que traslada a la literatura los rasgos de un período y los caracteres y emociones que mueven a la historia. Y es el penetrante análisis unido a la palabra amena quienes hacen la lectura apasionante y enriquecedora, y el disfrute de un texto que atrapa y permite aprehender una historia que encierra secretos y sorpresas mientras devela nuestra naturaleza social cuyos rasgos identificamos hasta hoy: La Caída del Liberalismo Amarillo y Confidencias Imaginarias con Juan Vicente Gómez son testimonio del dominio del escritor que revive en magnífica prosa un pasado apenas conocido. Y el narrador va más allá de la recuperación de los eventos épicos y de sus héroes, para sacar a la luz personajes ignorados quienes desde su destino de “perdedores” (muertos en la contienda, execrados de la política, desterrados a sórdidos presidios, ejecutados en ignominiosos cadalsos), serán exaltados basándose en sus vidas dignas y en las huellas gloriosas que la infamia borró, enfrentándolos entonces al pillaje de los triunfadores enaltecidos en las cumbres del poder. Tiempo y  Drama de Antonio Paredes reproduce época y personajes con la pluma de escritor y ensayista. Pero también es el rescate de una dimensión moral, es el clamor por volver a los ideales y a los principios fundadores de una nación con un proyecto de patria cimentada en la libertad del hombre y la justicia social.

Su tarea divulgadora lo lleva a fundar importantes colecciones (Boletín del Archivo Histórico de Miraflores, Pensamiento Político Venezolano del siglo XIX, y del Siglo XX, Biblioteca de temas y Autores Tachirenses, entre otras), tesoros para la investigación que ponen a la mano documentos de difícil alcance

Su oposición política en contra de la dictadura de Pérez Jiménez le acarrea la prisión. Luego realizará una destacada misión desde de la Secretaría del Gobierno electo en 1959, donde le toca el delicadísimo cargo en apoyo y garantía de la naciente democracia bombardeada duramente por las intentonas militares y las “revueltas de la izquierda” que culminan en guerrillas. Sus intervenciones como Senador y como Presidente de la COPRE (Comisión Para la Reforma del Estado), dejan testimonio de su competencia y visión de los asuntos del estado y su apertura hacia el cambio y el progreso para el logro de la modernización del país y la sustentabilidad del sistema democrático. En 1993 en momentos de aguda crisis tras un golpe de Estado y la destitución de Carlos Andrés Pérez, es elegido por el Congreso Presidente Provisional de la República casi con el pleno consenso, “mandato” que en momentos críticos, lleva a cabo resguardando una estabilidad indispensable y medidas que abrían al país hacia la descentralización necesaria para afianzar la verdadera democracia.

El Nacional, 2009.

Anuncios